Ciencia y fe de la mano

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Por Alberto González

Desde los orígenes del hombre todos los fenómenos naturales han sido explicados con la existencia de divinidades cuya “ocupación” era producirlos. Esos fenómenos fuera del alcance del ser humano eran necesarios para cosechas, mantenimiento del ganado, ir a la guerra, navegar… en resumen, para prácticamente cualquier actividad humana. El ser humano no dedicaba demasiado tiempo al cómo, y solo unos pocos privilegiados que tenían lo que hoy llamaríamos tiempo libre pensaban en el por qué. Es así como surge la filosofía natural en la
antigua Grecia.

El término “física” proviene del griego physis, que significa naturaleza. Podemos considerar, por tanto, al primer “físico” de la historia a Aristóteles (siglo IV a.C.), una de cuyas obras se titula precisamente así. Sin embargo, no es adecuado el término “científico”, dado que no seguía dicho método, que nacería muchos siglos más tarde, en la Europa del siglo XVII. Según el Oxford English Dictionary, el método científico es «un método o procedimiento […] que consiste en la observación sistemática, medición y experimentación, y la formulación, análisis y modificación de las hipótesis.» No es hasta el renacimiento cuando empieza a surgir un conflicto entre la filosofía natural y la fe.

A lo largo de la edad media las religiones monoteístas se fueron imponiendo en Europa, el norte de África y Oriente Próximo, dando lugar a la sustitución de los cientos de dioses politeístas, cada uno de los cuales explicaban un fenómeno natural, por uno solo. Sin embargo, la posición del hombre seguía siendo la misma: era necesario tener contento a ese único dios (más fácil que antes) para que la naturaleza fuese favorable. Es en medio esta situación donde surgen todo tipo de abusos, desde las bulas papales del Cristianismo hasta la Guerra Santa del Islam. Desde esa posición de poder, las religiones no podían permitir que nada ni nadie pusiera en duda su versión oficial.

Sin embargo, durante el siglo XVI comienzan a surgir estudiosos, generalmente religiosos, que eran los que sabían leer y escribir, y además podían dedicarse al estudio de la naturaleza que empiezan a formular hipótesis contrarias a las establecidas. Más adelante explicaremos los casos de Nicolás Copérnico o Galileo Galilei. En este punto comienza a existir divergencia entre los dogmas sobre la naturaleza de la Iglesia Católica (en la que nos centraremos por proximidad) y la realidad observada y estudiada por personas dedicadas a ello que, poco a poco, podemos empezar a considerar científicos.

Durante muchos años se ha mantenido ese enfrentamiento a distintos niveles aunque, curiosamente, una buena parte de los científicos importantes de la historia han sido hombres que, de una forma u otra, creían en un Dios creador. Es evidente que el enfrentamiento ya no está al nivel de los años del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, pero sigue habiendo una corriente cristiana que se niega a aceptar la realidad que la ciencia nos muestra.

Personalmente, como cristiano evangélico, me supone un gran dolor ver cómo algunas personas seguidoras de estas corrientes que, en ocasiones, toman argumentos científicos sesgados o mal informados, e incluso textos bíblicos mal interpretados. Esas personas, conocidas en general como “creacionistas” nos dan fama a los que, creyendo también en un Dios Creador del universo, además de personal, nos esforzamos por estudiar la naturaleza desde un punto de vista científico y, por tanto, objetivo. Estas personas suelen hacer el ridículo ante la sociedad afirmando cosas como que “el universo tiene 6000 años” porque “así lo dice la biblia”, o que “la teoría de la evolución es imposible porque viola el Segundo Principio de la Termodinámica”, cuando probablemente ni saben qué significa dicho principio, ni entienden un concepto tan complicado como la entropía, fundamental para explicarlo.

Con este estudio pretendo exponer una serie de cuestiones que, a mi juicio, nos darán una visión global y muy descriptiva del la “filosofía natural”, hoy conocida como física, así como mostrar que no entra, en ningún caso, en conflicto directo con nuestra fe, ni nos debe suponer un problema de conciencia. Lo más importante que debemos tener en cuenta es que ni la Biblia es un tratado científico ni pretende serlo en ningún caso. Tampoco la ciencia pretende entrar en juzgar nuestra vida espiritual, ya que no es su papel, pero sí analiza la realidad que nos rodea y trata de buscarle una explicación.

Por último, y es fundamental que tenga en cuenta esto durante toda la lectura, no intento convencer a nadie ni hablar ex-cathedra, sino mostrar mi humilde punto de vista como cristiano y físico titulado en un tema en el que creo poder aportar algo y que me apasiona, a la vez que me preocupa.

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