Nº 1389– 23 de Enero de 2011

Jesús no nos enseñó a orar repitiendo sus plegarias. No dijo “habéis de decir así”, literalmente, mecánicamente, sino mostrándonos un ejemplo. No nos da Jesús una oración simplemente para repetirla, sino para enseñarnos la manera de hacerlo.

Por eso Jesús, antes de pronunciar las palabras de su más famosa plegaria, conocida por el “Padrenuestro”, aunque se trata del modelo perfecto, comienza por recomendarnos entrar en nuestro cuarto y cerrar la puerta, crear intimidad, abrir el corazón, guardar silencio, acercarnos a su Nombre, expresar nuestra gratitud, nuestra alabanza, nuestra expectación ante la presencia del Señor.

Entrar en el cuarto pequeño, en la alhacena, y cerrar la puerta es lo fundamental. Alejarnos del ruido, del tráfago de la vida, de las interferencias de la plaza de mercado, aunque también ahí podemos tener al Señor en nuestra mente y nuestro corazón. Pero es imprescindible gozar de los momentos de intimidad del cuarto cerrado, del secreto en el que el Padre escucha a sus hijos, por cuanto la oración es un diálogo con el Amado. No hay lugar para nadie más. Es algo secreto entre Dios y tú.

Oración, soledad y silencio siempre caminan de la mano. La puerta de acceso a la estancia cerrada es muy estrecha. No podemos entrar cargados de bultos, de ideas preconcebidas, de pesadas tradiciones condicionantes, con sus prejuicios inherentes. Sólo ofrece lugar para tu persona.

En la alcoba pequeña y cerrada podemos, debemos, desnudarnos para mostrarnos tal y como realmente somos, sin disfraces, ni caretas, ni maquillajes, sin formalidades, ni estereotipos. Eso es mucho más importante que nuestras palabras, que pueden ser necesarias, pero no imprescindibles.

Ahora es el momento de orar, de presentarnos ante el Señor, de corregir nuestras desviaciones del camino de la vida. Él ha prometido escuchar nuestra oración, y lo hará, porque el Señor es bueno y para siempre es su misericordia.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.