Nº 1390– 30 de Enero de 2011

La verdadera espiritualidad no consiste en creer estar por encima del suelo, sobre los demás mortales, en una especie de estado iluminado que se les niega a los otros.

La auténtica espiritualidad está muy cerca del suelo, por cuanto es humilde, y se posa sobre todos los pisos del quehacer humano:

Se ensucia en el bosque y en la calzada; se humedece cuando toca el suelo mojado por la lluvia; se encallece por la dureza de algunos caminos pedregosos; reposa en los remansos de los ríos; se deja llevar por los vientos; permite que los sueños la envuelvan; se alegra en los amaneceres; languidece ante la puesta del sol; se recoge al anochecer; y llora en las soledades.

La espiritualidad genuina ve dimensiones nuevas en todas las cosas viejas. Va más allá de la superficie de la vida; todo lo roza; todo lo goza; todo lo espera. Y por eso es que la verdadera espiritualidad no se diluye en la nebulosa, sino que siempre sale de ella, como el sol indefectiblemente termina por alejar todas las nieblas.

La genuina espiritualidad crea tiempos para contemplar lo que pasa inadvertido a los más ocupados; ve alas, no sólo en las aves, sino también en las ramas y las hojas de los árboles; contempla inmensos océanos en los riachuelos del bosque; se envuelve entre las estrellas desde las cumbres, y escucha melodías en la noche.

La espiritualidad en su autenticidad no sabe dormir sin soñar, sin crear mundos nuevos, y llama a la muerte “sueño”;  escapa de la perturbación hacia el silencio; huye del alboroto; piensa en campos y montañas; siente fluir la vida en los mares, en la lluvia, en la nieve y en cada brizna de hierba.

Y sabe que ahí está Dios, no invisible, sino transparente, revestido de los mil colores de la vida, siempre invitándonos a despertar, a abrir nuestros oídos, a darnos la vuelta agradecidos.

Mucho amor. 

Joaquín Yebra,  pastor.