Nº 1391– 6 de Febrero de 2011

Todos corremos el peligro de usar el nombre de “Cristo” como apenas una etiqueta para encubrir nuestro propio “ego”, nuestro “yo” orgulloso y neciamente autosuficiente. En lo hondo esto es lo que hay bajo sutiles capas de espiritualidad.

En muchos círculos supuestamente cristianos resuenan más los nombres de sus “gurúes” y “santones”, hoy conocidos por “líderes”, que el Nombre que es sobre todo nombre, lo que con frecuencia es más fácilmente visto por ajenos que por propios.

¡Y qué decir de las “denominaciones”, más numerosas que las de nuestros vinos y quesos, e igualmente cargadas de orgullo regional!

Pero llega Jesús, se deja tocar, se produce el milagro, y nuestro Señor dice que no ha sido Él quien ha protagonizado la sanidad, sino la fe de la mujer; que Él es solamente el “Pontífice”, es decir, el constructor del “puente”, por cuanto en Jesús no aflora ese “ego” que tanto daño hace y nos hace.

Para Jesús, lo importante no es ser reconocido, sino que los hombres descubran en Él la presencia de Dios, aunque después se olviden de Él y no le muestren gratitud alguna.

El Maestro nunca buscó su propia gloria, sino que ante el peligro del superdesarrollo de nuestro “ego”, nos diagnostica que no podemos tener fe porque estamos siempre dándonos gloria los unos a los otros, en lugar de buscar la gloria del Dios único y verdadero.

Para Jesús es ahí donde radica la primordial causa de nuestra falta de fe: En nuestros alardes, orgullos, prepotencias y autosatisfacciones; donde el demandante siempre es el “ego”, el engaño satánico de nuestra “inmortalidad”, frente a la fe humilde, sin demandas ni exigencias, en el único que tiene inmortalidad y que habita en luz inaccesible.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.