Nº 1394– 27 de Febrero de 2011

Cuando una pequeña partícula de polvo se introduce en un ojo, nuestra visión se deteriora hasta alcanzar niveles increíbles.

Suele ser una brizna tan minúscula que ni siquiera llegamos a verla, pero nuestra vista sufre una distorsión  mayúscula.

Nuestra visión interior sigue los mismos pasos que la exterior; suele experimentar una acumulación de polvo procedente de los caminos polvorientos de la vida.

Si descendemos al hondo valle reseco, después de haber gozado del aire limpio de las altas cumbres, ese mismo viento que refrescaba nuestro rostro traerá ahora consigo motas de polvo, partículas de suciedad, briznas de paja que provocarán lágrimas, escozor, mucha molestia e incomodidad, y nuestra visión se distorsionará gravemente.

Serán nuestras lágrimas las que arrastrarán en su corriente a los cuerpos extraños que penetraron en nuestros ojos.

El escozor no podrá hacer nada en nuestro favor; tampoco las molestias, por grandes que sean; solamente las lágrimas vendrán en nuestro auxilio, para llevarse lejos esa partículas extrañas y devolver al ojo su sensibilidad y una visión clara.

Somos recogedores de polvo, acumuladores de suciedad y toda clase de mugre. Por eso precisamos del agua auxiliadora del Santo Espíritu de Dios, para arrastrar y llevar hasta la inmensidad del mar todas nuestras suciedades.

Somos llamados por nuestro Señor a invitar a nuestros compañeros del camino polvoriento a dejar que las lágrimas del cielo, la lluvia del Espíritu, limpie nuestros ojos, refresque nuestro rostro, riegue nuestra piel y alegre nuestra vida.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.