Nº 1.689 – 13 de Noviembre de 2016

La autoestima alta no es una virtud centrada en nosotros mismos.

La autoestima alta comienza cuando reconocemos a los demás hombres y mujeres como hermanos y hermanas.

Entonces es cuando podemos transmitir seguridad y serenidad donde reinan la inseguridad y la angustia.

La alta autoestima reside en nuestra capacidad de amar sin preocuparnos si somos amados.

Es amar, compartir y darse sin esperar absolutamente nada a cambio.

Esa clase de amor es la que los griegos denominaron “agape”, en contraste con el amor filial y el amor erótico.

Se trata, en definitiva, de darlo todo a cambio de nada en absoluto.

Cuando aprendemos a vivir esa clase de amor, descubrimos que es posible el autocontrol, la humildad y la paz resultante.

De esa manera nuestra autoestima se eleva sin que nuestros ojos estén centrado en nuestro propio ombligo.

Alguien dijo en cierta ocasión que un santo triste es un  triste santo. Y esto es mucho más que un aparente juego de palabras.

La evasión de la tristeza se produce cuando nuestra autoestima crece.

No olvidemos que la autoestima alta es resultado de una conquista en la vida.

Es parte integrante de la vida victoriosa que Dios tiene para nosotros en Cristo Jesús.

Es también un claro y elocuente signo de madurez y sensatez ante la vida.

Es el gozo de la victoria sin basarse en la derrota de los otros.

Mucho amor, y mucha autoestima.  Joaquín Yebra,  pastor.