Nº 1.849 – 8 de Diciembre de 2019

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.”  (Mateo 5:8)

No hay mejor aventura a emprender que limpiar nuestro corazón obedeciendo la Palabra del Señor.  Cuanto antes comencemos, muchísimo mejor.  Nuestro corazón, nuestro núcleo, nuestra alma, nuestros pensamientos y carácter, nuestras ideas preconcebidas, nuestros dogmas… todo está afectado por el pecado y por eso no es verdad: Es engañoso o fraudulento.  Antes de que recibamos de Cristo una nueva naturaleza verdadera, genuinamente auténtica, éramos todos un fraude, una mentira bien disimulada.  Todos éramos un personaje.  Es el Espíritu Santo el que descubre la verdadera persona que estaba cubierta de numerosas capas y ropajes, corazas y disfraces para escondernos de miedo.  Cuando el Señor nos convence de nuestro corazón aparente y nos muestra como nos ama, toda la capa de suciedad que lo recubre comienza a desintegrarse.  Es un proceso que dura toda la vida, pero tiene un principio y también un final.  El Principio es Jesús y el Final también es Él.  Él arranca la metamorfosis y culmina la transformación.  El corazón limpio disfruta de la verdad como de ninguna otra cosa.  Ver a Dios es ver la Verdad.  Y Jesucristo ha dicho que Él es la Verdad.  La Verdad de todo es el Maestro que muestra y revela la Verdad.  Por eso, reconocer la verdad es siempre necesario en todas las etapas de la vida.  Asumir que nos equivocamos, que cometimos errores, procede de un corazón humilde y limpio, genuino y auténtico.  ¡Que descanso tan grande vivir de cara a la verdad aceptándola siempre sin temor!  Jesús ha dicho que conociendo la Verdad, seremos auténticamente libres.  Es lógico.  Sólo el que conoce sus mentiras y toda su maldad, puede limpiarse de todas ellas.  Un corazón limpio es un corazón feliz, un corazón limpio es un corazón en paz.  Sólo los felices, los bienaventurados, tendrán la paz suficiente para pararse a buscar a Dios y a contemplarle.  Sólo mirando a Jesús agonizando en la cruz, por nuestro sucísimo corazón, lo entenderemos.

Pastor Antonio Martín Salado