Nº 1324– 25 de Octubre de 2009

Ningún símbolo ni metáfora alguna es suficientemente grande y variopinta para expresar todas y cada una de las manifestaciones del Santo Espíritu de Dios entre los hombres.

De ahí se desprende que en las Sagradas Escrituras nos hayan llegado tantos signos, símbolos, figuras y metáforas para mostrarnos la presencia y la labor del Santo Paráclito enviado por el Cristo glorificado para no dejarnos huérfanos.

Pero también podemos hallar figuras extraescriturales que nos hablan de la obra del Espíritu Divino. Y una de ellas es aquella en la que se nos presenta la iglesia universal bajo el símil de un inmenso órgano dotado de innumerables teclas y registros, a través de los cuales el Santo Consolador sopla el aliento de Dios.

Esa es la bendita sinfonía que va creciendo y extendiéndose de manera más amplia y dulce en el curso de los siglos y las edades, hasta el día glorioso en el que la polifonía de todas las criaturas explote y llene todos los universos de la Creación divina.

Ese será el momento en el que el coro angelical y las nuevas voces de todos los redimidos de todos los tiempos, cuantos vivieron y durmieron en la esperanza del Deseado de las naciones, alcance los más recónditos espacios, hasta los rincones más inimaginables de la Creación, exaltando a Dios nuestro Señor y al Cordero que fue inmolado por los pecados de los hombres.

A ese concierto cósmico estamos invitados todos cuantos rindamos nuestra vida a Aquel que nos amó y rescató de nuestra vana manera de vivir mediante el pago del precio de su propia vida, limpia y sin mácula. Ese es el Justo que entregó su vida por nosotros, los injustos, para llevarnos a Dios.

¡No nos perdamos este concierto universal por rechazar orgullosamente el magno regalo de la redención que Dios nos ofrece en la persona, obra y sacrificio de Jesús de Nazaret!

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.