Nº 1325– 1 de Noviembre de 2009

Se cuenta que Confucio, el sabio oriental, en una explosión de enfado ante el constante fracaso de sus discípulos, exclamó que no había conocido a un solo hombre que fuera capaz de confesar su pecado sin disculpas ni paliativos.

Hemos de reconocer que Confucio no ha estado sólo en semejante situación. Pocos, muy pocos, son los hombres y mujeres que reconocen su pecado y lo confiesan.

Es extremadamente difícil hallar a pecadores dispuestos a reconocer su pecado, a confesarlo y asumir su culpa.

Sin duda esa es la razón principal por la que tantos optan por no rendir su corazón a Jesucristo, e igualmente la razón por la que hoy tristemente se predica el Evangelio en muchos lugares sin hacer mención al pecado, a la necesidad de confesarlo y de arrepentirse.

La conciencia del hombre, endurecida por la perseverancia en el pecado, en esa condición que la Biblia califica de “muertos en nuestros delitos y pecados”, no puede aceptar la realidad de la culpa y del pecado personal.

El reconocimiento del pecado y la confesión, el arrepentimiento y la búsqueda del perdón, son los pasos que el hombre no pede dar sin la participación de la bendita Persona del Espíritu Santo.

La convicción de pecado es una obra extraordinariamente difícil que sólo puede realizar el Espíritu de Dios mediante su suprema luz y su sabiduría excelsa.

Si no has procedido al arrepentimiento y a la fe en Jesucristo como único Señor y Salvador personal, eterno y todo suficiente, hazlo en este día y hora. Y si ya lo has hecho, vive en gratitud al Señor que te amó de tal manera que dio a Jesucristo en rescate por tu vida.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.