Nº 1326– 8 de Noviembre de 2009

Ignorar o prescindir de la bendita Persona del Espíritu Santo al acercarnos a las Sagradas Escrituras es cometer una auténtica locura.

Sin la participación del Santo Consolador, su exclusivo Inspirador, la Biblia solamente es papel y tinta, o cualesquiera de los otros soportes electrónicos de nuestros días.

La Sagrada Escritura cambia y se muda cuando vamos a ella sólo con nuestros ojos y demás sentidos. Podemos entonces convertirla en caprichoso fundamento de nuestros deseos, hasta proyectar sobre ella nuestras ideas apriorísticas.

Pero la letra se vuelve Palabra de Dios, incambiable e inmutable, cuando nos ponemos bajo la luz del Paráclito.

No podemos leer la Escritura en la oscuridad, sino bajo la luz inspiradora que la produjo y la trajo hasta nuestras manos.

Sólo desde esta consideración podemos comprender los errores doctrinales y las desviaciones de las verdades bíblicas que tanto se han dado y se dan en la historia de la iglesia.

Solamente un alma iluminada por el Santo Espíritu de Dios puede aproximarse a una Biblia iluminada.

Es la presencia del Santo Espíritu de Dios en nuestros corazones la que convierte a la Biblia en un libro vivo y nuevo para todo discípulo de Jesucristo.

Es la inspiración divina en la Escritura hecha Palabra la que convierte a la Biblia en mensaje fresco para cada generación, como un soplo que proviene del corazón de Dios.

El Espíritu nos habla por medio de la Palabra, y la Palabra es el primordial medio de Dios para hablarnos.

La Sagrada Escritura se vuelve así no sólo Palabra hablada, sino Palabra hablante.

Así es como deja de ser un frío eco de un remoto pasado para convertirse en la voz divina que nos alcanza en nuestro presente.

Así es como la Palabra de Dios llega a nuestro corazón invitándonos al diálogo, a dejarnos atravesar por ella.

No podemos leer en la oscuridad. No olvidemos invocar al Santo al aproximarnos a la Escritura.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.