Nº 1330– 6 de Diciembre de 2009

El perdón de Dios no es solamente un acto judicial por el cual Jesús reclama el castigo que nosotros merecemos para recibirlo sobre sí mismo, en nuestro lugar, en perfecta substitución.

El perdón de Dios no es sólo por el pecado, sino por la completa restauración de la relación entre el hombre y Dios.

Esa restauración es la salvación en esta vida, en este mundo, y su plenitud acontecerá en el mundo venidero o vida eterna.

El perdón de Dios es redención del pecado, pago de una deuda que nosotros jamás podríamos pagar.

El perdón de Dios es la efusión de amor redentor que transforma el corazón del hombre.

El amor y la misericordia divinas son los agentes que hacen posible el perdón de Dios para todo aquel que cree, que se fía de todo corazón, en Jesucristo como único Señor y Salvador personal, eterno y todo suficiente.

No existe medio alguno para ganar ese perdón, sino sólo aceptarlo reconociendo la realidad de nuestro pecado, la insuficiencia de nuestras obras de justicia, si las hubiere, y arrepintiéndonos genuinamente, de corazón, dándonos la vuelta en nuestro camino.

Afirmamos con todas nuestras fuerzas que el perdón divino es absolutamente gratuito, y, sin embargo, con las mismas fuerzas afirmamos que ese perdón no es barato.

¿Cómo es posible semejante aparente contradicción? Esto lo empezamos a comprender cuando somos hechos conscientes por el Espíritu Santo de cuánto tuvo que pagar el Padre en la Persona del Hijo al darle en rescate por nuestra vida muerta en delitos y pecados.

Ese es el reconocimiento del amor que constituye el regalo, que lo forma y lo envuelve, como anhelo inefable del Padre por reconciliarse con sus hijos perdidos.

Por un amor como el divino y una necesidad como la nuestra, el Verbo de Dios fue hecho carne, habitó entre nosotros y entregó su sangre por ti y por mí en la Cruz del Gólgota.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.