Nº 1333– 27 de Diciembre de 2009

Hoy comienza la última semana del año 2009. A muchos de quienes peinamos canas, pensar en el año 2010 nos hace recordar aquellas novelas de ciencia-ficción que leíamos en los años 60 del pasado siglo, según las cuales los coches volarían por las ciudades, los aviones no consumirían combustible contaminante, los viajes interplanetarios tendrían propósitos científicos y turísticos y estarían al alcance de casi todos; habrían cesado las modas personales clasistas, por cuanto todos iríamos vestidos con una especie de pijama metalizado, y la sociedad se asemejaría a una colmena. Naturalmente, habrían desaparecido las enfermedades y el hambre en el mundo. La tierra sería un verdadero paraíso, como sigue cantando algún himno revolucionario antiguo, y una calma chica recorrería las naciones y los estados, con los gastos en armamento bélico como cosa del pasado, por cuanto el planeta entero sería patria de la humanidad.

Sin embargo, llegamos al umbral del año 2010 y las cosas no se asemejan a estas descripciones ni por aproximación. La humanidad ha sufrido más conflictos y crisis de naturaleza bélica, eufemismos para evitar la voz “guerra”, en lo que llevamos de la primera década del siglo XXI que en los últimos cien años. Los vehículos a motor de combustión interna siguen consumiendo derivados contaminantes del petróleo y las aeronaves no son propulsadas por motores inocuos para la atmósfera. Las enfermedades no sólo no han desaparecido, sino que las pandemias, epidemias y plagas aumentan mucho más allá de lo que nos cuentan. Las hambrunas subsaharianas superan la imaginación, con cuarenta mil niños muriéndose de hambre cada día, equivalente a ochocientos aviones “jumbo” que cayeran al suelo cada 24 horas. Los gastos armamentísticos alcanzan cifras astronómicas.

Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.