Nº 1380– 21 de Noviembre de 2010

Nuestra cosecha responderá siempre a la realidad de nuestra siembra. Esperar lo contrario es signo de ser auténticamente mentecatos; y un hijo o una hija de Dios no debe ser tal cosa.

Cuando los pobres se empeñan en sembrar la simiente de los ricos, se engañan a sí mismos, por cuanto carecen de esa mies; entran en la espiral de la frustración y el desengaño; sufren y hacen sufrir.

La simiente de los pobres es el amor. Es la mies de los más sencillos. De ahí que el camino de nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo haya sido siempre el del amor.

Por eso es que los milagros de Jesús de Nazaret fueron todos ellos entre los pobres, con los sencillos, entre la gente común, en el ámbito en el que el corazón predomina sobre la cabeza; es decir, sobre los intereses mercantilistas.

El corazón no es un mercado en el que se especula, se compra y se vende, sino un árbol cuyas ramas se extienden para que las aves hagan sus nidos, para dar sombra a los hombres cansados. Tampoco es el corazón como una flor que crece rápidamente, pero que también es efímera y en pocos días se pone mustia, se seca y desaparece.

El corazón de los pobres auténticos, de los pobres en espíritu, es como un árbol al que le toma mucho tiempo crecer y desarrollarse; frente al cual es menester usar de la paciencia, del discurrir del tiempo, de las lluvias y los soles.

Los ricos no tienen tiempo para eso. Sus días, como sus inversiones, están calculados, estudiados, planificados; pero los pobres tienen tiempo, mucho tiempo, porque es su depósito millonario.

Por eso los pobres siguieron a Jesús, y dejaron que el Maestro les enseñara a canalizar su energía hacia sus corazones, como hacen los niños, a quienes pertenece el Reino de Dios.

No lo dudemos ni un instante: Segaremos lo que sembremos.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.