Nº 1381– 28 de Noviembre de 2010

Jesús escandalizó a todos, y siempre.

Quien dice la verdad siempre escandaliza.

Los profesionales de la mentira jamás escandalizan.

Son como los políticos, que para serlo nunca podrán creer su propio discurso.

La sola presencia de Jesús resultaba escandalosa a todos, excepto a los más pobres del rebaño.

Jesús siempre fue una amenaza a los embaucadores de cualquier ropaje, y especialmente a los religiosos.

Los encumbrados se sintieron amenazados ante la altura del hijo del carpintero de Nazaret.

Las montañas no se sienten amenazadas por la cordillera del Himalaya, ni los ríos por el Amazonas; pero los hombres no somos ni montes ni ríos.

Los arrogantes, los egoístas, los manipuladores de los hombres sus hermanos, rechazaron a Jesús, y lo siguen haciendo hasta el día de hoy.

Los religiosos, para no ser descubiertos, fraguan a un “Jesucristo” a su medida, a quien encierran en sus ritos sacramentales, asegurándose de que no se escape.

Así fue como Jesús fue extranjero en su propia tierra. De ahí que a lo suyo viniera, pero los suyos no le recibieran.

Jesús vio a la gente, subió al monte, se sentó, se acercaron sus discípulos, abrió su boca y habló a todos.

No nos escandalicemos de Jesús.

Amémosle, porque Él nos amó primero.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.