Nº 1479- 28 de octubre de 2012

Dijeron los sabios antiguos de Israel que “el ojo envidioso saca al hombre del mundo”. Y nosotros hemos podido constatar la verdad de esta aseveración en la vida de muchas personas en el curso de los años, sacadas de su propio “mundo”, al que pertenecieron y en el que gozaron de amistad y cariño.

En sus discusiones en torno a las enseñanzas sobre el peligro de la envidia según las Sagradas Escrituras, los sabios llegaron a la conclusión que la principal enseñanza que se desprende del testimonio bíblico al respecto es que del mismo modo que un hombre vela por su casa, así ha de velar por la casa de su vecino.

Así como un hombre desea que no cobre mala fama ni su mujer ni sus hijos, así lo debe desear para la mujer y los hijos de su prójimo. Del mismo modo que procuramos mantener nuestro buen nombre, así hemos de procurar mantener la dignidad de todos cuantos nos rodean.

De ahí la enseñanza hebrea de que quien humilla públicamente a su prójimo es como si hubiese derramado su sangre… Quien mata a un hombre es como si hubiera matado a toda la humanidad… Y quien salva la vida de un hombre, es como si hubiera salvado a la humanidad entera.

Por envidia fue desacreditado Jesús por el clero del templo de Jerusalem.

Por envidia fue entregado nuestro Salvador a las autoridades romanas para que le destruyeran.

Por envidia hemos visto romperse matrimonios, familias, amistades, comunidades cristianas… Y dejar tras de sí un reguero de destrucción.

No hay mejor preventivo contra la envidia que el contentamiento y la gratitud. No hay mejor medicina contra la carcoma de los huesos que el corazón alegre, el remedio divino que nos mueve al agradecimiento por lo que Dios nos concede, y nos hace participar en la alegría de todos los bendecidos, y compartir con los necesitados.

Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.