Nº 1480- 4 de Noviembre de 2012

Jesucristo no nos ha dejado palacios ni catedrales en herencia. Su tumba, al estar vacía, perdió todo interés entre sus discípulos.

La paz, su paz, es el legado primordial de nuestro Señor y Salvador Jesucristo:

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” (Juan 14:27).

Cuando el filósofo preguntó al Rabí Gamaliel quién era el primogénito del mundo, éste respondió diciendo: “El primogénito del mundo es la paz.”

Por eso dice la Sagrada Escritura: “Yo soy el Señor, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo el Señor, y ninguno más que yo, que formó la luz y creó las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo el Señor soy el que hago todo esto.” (Isaías 45:5-7).

Gamaliel no sabía que estaba profetizando al proclamar que la paz es el fundamento del universo, pues el primogénito de toda la creación es el Señor Jesucristo, el Verbo de Dios, el encarnado Príncipe de Paz, el Rey de reyes y Señor de señores, el Mesías de Israel y Deseado de todas las naciones.

Por eso está escrito en el Salmo 34:11-14: “Venid, hijos, oídme; el temor de Dios os enseñaré. ¿Quién es el hombre que desea vida, que desea muchos días para ver el bien? Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño. Apártate del mal, y haz el bien; busca la paz, y síguela.”

Pidámosle a nuestro Señor que seamos hechos instrumentos de su paz, de esa paz que sólo Él nos puede dar, para que seamos sembradores de amor y fraternidad.

Paz y amor van siempre de la mano. Si sembramos paz donde no la hay, la segaremos un día en abundancia.

Mucha paz y mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.