Nº 1481- 11 de Noviembre de 2012

Todo cuanto pudiéramos hacer para que pereciera una sola persona, es como si lo hubiéramos hecho para toda la humanidad.

Por caminos conocidos, y por muchos más desconocidos, lo que hacemos para alguien, sea bueno o sea malo, tiene alcance y repercusión universales. Y del mismo modo, todo lo que sembramos será lo que recojamos.

Así lo encontramos cuando recordamos el testimonio bíblico acerca del asesinato de Abel a manos de su hermano Caín. Curiosamente, en el original hebreo del texto bíblico leemos así: Génesis 4:10: “La voz de las sangres de tu hermano clama a mí desde la tierra.”

Esa es la expresión de Dios nuestro Señor: “Las sangres”, hebreo “damim”, no “la sangre”, “dam”. Naturalmente, el traductor decide emplear la voz en singular para que tenga sentido en la lengua occidental de que se trate, como es el caso en castellano.

Sin embargo, al hacer esto perdemos un matiz de suma importancia, que nosotros queremos destacar. Aunque sólo se derramó la sangre de uno, el texto inspirado dice “sangres”, en plural. Y esto nos enseña que la sangre de los hijos de Abel, la de sus nietos, y la de todos los descendientes hasta el fin de las generaciones que hubieren surgido de él, todas esas sangres estarán clamando ante el Santo de Israel, bendito sea.

De ahí aprendemos que la vida de un solo hombre equivale a la obra de toda la creación. Y es sobre ese fundamento que puede tener lugar la obra de la redención: Jesucristo, siendo uno, pudo pagar por todos; ahí radica la clave de la substitución; el Justo que dio su vida por nosotros, los injustos, para llevarnos a Dios.

“Substituir” es ocupar el lugar del otro. Aprendamos a aproximarnos a este misterio tratando de ponernos en los “zapatos” de los demás. Así llegaremos a ser más comprensivos y flexibles. También va a resultarles a los demás más agradable su trato con nosotros.

Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.