Nº 1535– 24 de Noviembre de 2013

Dios nos da de su gracia para que seamos prudentes en nuestros juicios, por cuanto las palabras son armas peligrosas que pueden producir mucho daño.

El Santo Espíritu de Dios nos es dado, entre tantas otras necesidades, para que no nos burlemos de los hombres, nuestros hermanos; para que no despreciemos a nadie.

Una palabra dura, una palabra fuerte, pueden arder durante mucho tiempo en un corazón sensible, y dejar una cicatriz honda.

Necesitamos aceptar que los otros sean otros; que piensen distinto a nosotros; que actúen de manera diferente a la nuestra; que sientan también de otra manera; y que hablen con acento distinto.

Las palabras deben ser luces, no nubes oscuras amenazadoras de tormenta. Las palabras deben ser instrumentos reconciliadores que acercan, que derrochan generosidad; que pacifican y suavizan.

Cuando las palabras se vuelven armas, y nuestras verdades son como “puños”, estamos traicionando al Artista de la Palabra que es Dios nuestro Señor.

Cuando hablemos, procuremos incansablemente que nuestras palabras sean mejores que nuestros silencios.

Un discípulo confesó su mala costumbre de repetir y divulgar todas las habladurías que llegaban a sus oídos. Su maestro le dijo sardónicamente: “Lo malo no es que repitas las habladurías, sino que cada vez lo hagas con mayor maestría.”

Tengamos presente que nada hay tan veloz como la habladuría y la calumnia. Ningún arma es tan fácil de lanzar, más fácil de aceptar, ni más rápida en extenderse.

Muchas veces me he arrepentido de haber hablado; nunca de haber callado.

Mucho amor y más cuidado con nuestras palabras.

Joaquín Yebra,  pastor.