Nº 1539– 22 de Diciembre de 2013

Cada año llega antes la Navidad, al menos en los grandes almacenes. Es tiempo de recordar nuestra extracción familiar, nuestros orígenes, nuestra infancia, los que ya partieron. Hay muchas cosas que vuelven en Navidad, pero ante todo y sobre todo deberíamos hacer memoria intensa del significado más profundo de la celebración: ¡Hemos sido perdonados por nuestro Dios por medio del sacrificio de Jesús de Nazaret!

El quinto paso en el proceso de Alcohólicos Anónimos es la “confesión”, es decir, admitir ante Dios, ante nosotros mismos y ante los demás, cuál es la naturaleza exacta de nuestros males. Y la experiencia muy común en los círculos de Alcohólicos Anónimos es que durante este quinto paso muchos reconocen haber sentido por primera vez la presencia de Dios en sus vidas. E incluso aquellos que ya tenían fe, fueron más conscientes de Dios como una realidad en su existencia.

Así podemos comprender el sentimiento de la necesidad de la paz en esta época, más allá del mercantilismo con que está rodeada. Esta necesidad de sentirnos uno con Dios, con nosotros mismos y con los demás, emerge de la soledad de nuestros corazones a través del compartir sinceramente la realidad de nuestra carga de culpabilidad, para cuyo peso no fuimos diseñados por Dios nuestro Creador.

La culpa nos priva del lugar de descanso que todo corazón precisa. Nos hace sentir miedo al pensar en Dios, porque creemos que Él es vengativo, como nosotros. Por eso muchos llegan a rechazarle, porque sólo es el producto de sus propios temores.  Ver a Dios en un recién nacido es el núcleo y la clave de la Navidad. Es acercarse a la realidad de que Dios no está con la mano alzada para golpearnos por nuestros pecados, fallos, caídas y fracasos, sino que esa mano está alzada para perdonarnos y bendecirnos.

Celebrar la Navidad es aceptar la misericordia divina; redescubrir la existencia de ese lugar de reposo en lo hondo de nuestro corazones.

¡Feliz Navidad y mucho amor!   Joaquín Yebra,  pastor.