Nº 1583– 2 de Noviembre de 2014

Escuché a alguien decir que poseemos solamente aquello que no podríamos perder en un naufragio. Todo lo demás, no lo poseemos realmente, sino que en verdad nos posee a nosotros.

Para el buen atador, no existe nudo que no pueda soltar; ni el buen corredor dejará huellas; ni al buen orador se le trabará la lengua; el buen cerrajero no encuentra puerta que no pueda abrir; así es como el corazón regenerado no atesora para sí, mientras ve a tantos necesitados a su alrededor.

Las posesiones que nos poseen son fuerzas que nos arrastran hacia el abismo.

Quizá no existen cadenas más fuertes y poderosas que esas ataduras que nos poseen, que nos engañan haciéndonos creer que la vida del hombre consiste en los bienes materiales que posee.

El sabio no atesora, porque sabe que donde está su tesoro, allí estará su corazón, por lo que los tesoros pueden volverse contra nosotros muy fácilmente. Sólo atesora en los Cielos.

Cuanto más hace por su prójimo, más posee; cuanto más da, más tiene.

No hay prueba mayor de vivir bajo la Gracia de Dios nuestro Señor que el buscar el Reino de Dios y su Justicia.

El camino al Cielo es Jesús de Nazaret, siempre beneficioso y nunca perjudicial. Es camino de hacer, y no de porfiar.

Recordemos que si un diamante cae al lodo sigue siendo una piedra valiosa; pero el polvo, aunque ascienda a las alturas, continuará siendo sin valor.

Lo que los ojos ven es conocimiento, pero lo que el corazón sabe es certidumbre.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.