Nº 1588– 7 de Diciembre de 2014

Los pesimistas viven en la niebla, en la oscuridad; cierran sus ventanas y procuran que los demás también cerremos las nuestras.

Los pesimistas se aterrorizan cuando no tienen más remedio que mirar hacía el horizonte. Lo suyo es bloquear todo rayo de luz y de esperanza; apagar colores y taparse los oídos a la música del viento entre las ramas o del agua entre las piedras del arroyo.

Los optimistas saben que hay mucho dolor, tristeza y miseria en el mundo, hacen algo para acabar con esa situación, y hallan aliento descubriendo estrellas en las noches más oscuras.

Los optimistas creen en lo bueno, en lo hermoso, en el sentido de la vida, en la amistad entre la gente, y de ese modo hacen la vida “vivible”.

Crean ambiente de confianza y de alegría, y de ese modo muestran a todos cuantos tengan ojos para ver, que el ser humano no es un número dentro de una masa oscura o una pieza sin aliento dentro de una máquina inmensa.

Sólo dentro del optimismo podemos hallar paisajes nuevos, pero hemos de comenzar por descubrir a la persona que está a nuestro lado. Hay parejas y amigos que después de muchos lustros no han llegado nunca a descubrirse.

Cuando descubrimos al que camina con nosotros, y vemos las cosas buenas que Dios ha puesto en él o en ella, podemos experimentar el don y el misterio de la amistad. Si soy un egoísta que sólo me veo y me busco a mí mismo, nunca jamás podré experimentar encuentros con otras personas, ni conoceré la alegría de la amistad.

Para romper esa espesa muralla del egoísmo necesitamos cada día intentar ser un amigo, un buen amigo para mí mismo y para los demás.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.