Nuestros principios

Nuestros principios

La absoluta soberanía de nuestro Señor Jesucristo sobre todos y cada uno de los hombres y mujeres que formamos su Iglesia.
Las Sagradas Escrituras, como única regla de fe y práctica. En ellas hallamos la fuente inagotable de inspiración cristiana. Es en las Escrituras donde debemos examinar nuestra conciencia y donde hemos de forjar nuestro carácter y personalidad.
La fe personal en Jesucristo. Este es el principio supremo de toda la experiencia cristiana. Jesucristo es el único que ha recibido toda potestad en los cielos y en la tierra, por lo que posee preeminencia absoluta sobre todo lo creado. No hay otro nombre dado a los hombres en que podamos ser salvos. Jesucristo es el Señor.
El derecho al libre examen de las Sagradas Escrituras, buscando siempre la dirección del Espíritu Santo. Las Sagradas Escrituras son para el pueblo, no para unos pocos, ni para una clase o casta de personas, por cuanto Dios no hace acepción de personas.
La administración congregacional de la asamblea cristiana, por cuanto nadie es objeto en la Iglesia de Cristo, sino que todos somos sujetos llamados y capacitados por el Señor para poner a sus pies los dones, ministerios y operaciones que el Espíritu Santo distribuye entre los discípulos y discípulas de Jesucristo.
La vivencia de la fe cristiana en asambleas de amigos de Jesucristo, sus hermanos menores, como Él mismo nos ha llamado, sin jerarquías eclesiásticas semejantes a las instituciones del mundo, lo que nos constituye a todos en obreros en la extensión del Evangelio, lo más opuesto a una asociación de espectadores. Sólo hay un Padre Eterno, sólo hay un Maestro, y todos nosotros somos hermanos.
Rechazamos, por tanto, entre nosotros las jerarquías sistemáticas, sobreregimentadas e impersonales, por lo que entendemos y procuramos vivir la comunidad como un abrazo que reúne a niños, mujeres y varones para facilitar su desarrollo global.
La separación radical de la Iglesia y el Estado, por cuanto ésta depende del Reino de Dios –no de los reinos de este mundo- y existe para su proclamación y servicio. La historia demuestra que la unión del altar y del trono, de la cruz y la espada, jamás ha sido beneficiosa para la extensión del verdadero Evangelio, sino, por el contrario, para deformar el Evangelio y la labor y funciones de la Iglesia de Cristo.
El respeto a las autoridades civiles, siempre que no contradigan las enseñanzas del Señor en su Palabra, por cuanto hemos de ser siempre y en todo fieles a Dios antes que a los hombres.
La libertad de conciencia para todos los humanos, como don otorgado por Dios, con  la resultante libertad religiosa igualmente para todos, procurando distinguirla de la mera tolerancia de parte de los gobernantes.
La mayordomía cristiana para el sostén de la Iglesia y su labor, con la entrega voluntaria, alegre, secreta y solemne de nuestros diezmos y ofrendas.
La responsabilidad de evangelizar encomendada por nuestro Señor a todos sus discípulos, proclamando la salvación eterna que Dios nos ofrece en Cristo Jesús por su sacrificio en la Cruz del Calvario, siendo justificados por la fe de Cristo, que es don de Dios, para que nadie se gloríe.
La responsabilidad en el bien hacer, caminando bajo la dirección del Espíritu Santo por las obras buenas que nuestro Señor ha preparado de antemano para que andemos por ellas.  
La Santa Ley de Dios es la norma eterna e invariable de su gobierno moral, por cuanto los Mandamientos del Señor son todos santos, justos y buenos; siendo la única causa de incapacidad para andar en ellos nuestra propia naturaleza pecadora. De ahí que la Gracia Divina no sea para pasar por alto nuestros quebrantamientos de la Santa Ley de Dios, sino, antes bien, la fuerza y el poder para que, en lugar de contemplar dichos Mandamientos como cargas pesadas, los veamos como delicias que anhelamos obedecer por amor a Jesucristo.
La autonomía e interdependencia de las asambleas cristianas, unidas fraternal y voluntariamente para conseguir metas que por separado serían inalcanzables.
El culto espiritual a Dios, es decir, buscando la dirección del Espíritu Santo en consonancia con la enseñanza de las Sagradas Escrituras, procurando que nuestro culto de adoración sea sumamente gozoso, y al mismo tiempo reverente, no un teatro o salón de entretenimiento, sino que facilite nuestra alabanza a Dios, acción de gracias, arrepentimiento y confesión de nuestros pecados, intercesión por todos los cristianos y proclamación del Evangelio; y al mismo tiempo sea un culto sencillo, es decir, procurando la adoración y la oración extemporáneas, en evitación del abuso de liturgias formalistas que pueden conducir a repeticiones mecánicas y vanas. 
Los ministerios constituidos por nuestro Señor: Apóstoles, Profetas, Evangelistas, Pastores y Maestros, como siervos de Dios y de la Iglesia de Jesucristo, no como “señores”del rebaño.
La comunión con otras confesiones y tradiciones cristianas, sintiéndonos hermanos de todos cuantos creen y proclaman a Jesucristo como único Señor y Salvador.

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