El vecino de Jesús

¿Os imagináis cómo sería un evangelio contado desde la perspectiva de alguien totalmente desconocido? Algo así como un vecino, en principio, ajeno al plan que tenía Dios para su hijo: morir en la cruz por todos nuestros pecados, por todos y cada uno de ellos. Cómo podrá sentirse alguien que está tan cerca de una personalidad tan importante como es la de Jesús. Piensa si has estado en contacto con tus compañeros y amigos de la infancia en alguien que consideres un éxito: una empresa propia, un cargo político importante. Imagínate que eres amigo del tío que inventó Whatsapp o TikTok, ellos ahora mismo tienen la vida completamente solucionada y, sin embargo, nosotros aún nos levantamos a las 7:00 para ir a trabajar. A mí me pasa. Quizás sería algo parecido lo que experimentó el vecino de Jesús, vamos a llamarle Jacobo que era un nombre muy común entonces, y así no lo confundimos con Bryan y no nos pasamos toda esta reflexión riéndonos. 

Jacobo, el vecino, ve que según va pasando el tiempo Jesús se convierte en una figura influyente en su mundo. Pero la cosa viene de más atrás en realidad:

La madre de Jacobo era conocida de María en el tiempo que se desposó con José, iban a hacer las labores: compras, lavandería, etc. Las cosas del día a día. También paseaban juntas por las afueras de la ciudad, y visitaban a sus parientes juntas. Un día, la Biblia nos cuenta que pasó esto: 

26 Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. 28 Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. 29 Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta. 30 Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. 31 Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. 32 Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; 33 y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. 34 Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. 35 Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. 36 Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril; 37 porque nada hay imposible para Dios. 38 Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia.

Lucas 1:26-37

La madre de Jacobo lo describió como un episodio sospechoso. Ella lo escuchó desde fuera, primero un jaleo como si las cosas de la cocina se cayeran al suelo muy aparatoso, y María gritando. No fue capaz de escuchar mucho, pero sí algunas frases. Escuchó nombres: Elisabet, Jesús, José, algo sobre el Espíritu Santo, y María diciendo “hágase conmigo conforme a tu palabra”. Después de eso contaba como veía a María más preocupada siempre, mirando siempre atrás, de la noche a la mañana se marchó de viaje. Ella decía que a visitar a una tal Elisabet. Cuando volvió no hacía nada más que escucharla cantar a lo lejos cosas raras.

Un tiempo más tarde nació Jesús, Jacobo ya tenía unos meses de vida. Y a ver si os vais a pensar que cuando nació Jesús la familia se quedó allí en el pesebre tres meses. Recibieron las visitas de los pastores, de los magos, y todo eso pasaba de boca en boca por la ciudad y por la ciudad, y se convertía en el correveydile. Algo sobre unos magos dándole oro a María y a José, la historia de lo que pasó el día de la circuncisión de Jesús, ¿No os lo sabéis? Pues lo contaba la madre de Jacobo, resulta que fueron al templo a los 8 días de nacer el muchacho A Jerusalén y un tal Simeon, que algunos dirían que estaba borracho, y otros que lleno del Espíritu Santo, cada uno que crea lo que quiera. Pues este Simeón entró en el templo y cogió al crío en brazos y pronunció una bendición como si fuera un rey o un príncipe una cosa casi exagerada. 

Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, 28 él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:
29 Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz,
Conforme a tu palabra;
30 Porque han visto mis ojos tu salvación,
31 La cual has preparado en presencia de todos los pueblos;
32 Luz para revelación a los gentiles,
Y gloria de tu pueblo Israel.
33 Y José y su madre estaban maravillados de todo lo que se decía de él. 34Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí, este está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha 35(y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.

Lucas 2:29.33

Y lo mismo con una tal Ana, que hablaba de él como si ese niño estuviera destinado a algo gordo. 

Más adelante, Jacobo, el vecino de Jesús, ya empezó a ser testigo de cosas que sólo podía calificarse como raras como lo que pasó el día del Bar Mitzvah de Jesús, que fueron todos a Jerusalén. Jacobo lo había celebrado hacía poco tiempo y bueno, él ya sabía cómo iba la ceremonia. Pues resultó que se perdió Jesús. Ya conocemos todos la historia, María pensaba que volvían con José y José pensaba que iba con María. Pues 3 días tardaron en encontrarle, y resulta que estaba en Jerusalén. Lo más raro de todo es que cuando le encontraron Jesús estaba ahí en la entrada del templo hablando, y los sabios, doctores y todo el mundo estaba escuchándole hablar. Gente de 25, 30 o 40 años escuchando hablar a un criajo de 12 años. Eso a Jacobo le dejó descolocado, porque a los niños normales, aunque les hayan considerado ya adultos, las personas mayores generalmente les escuchan poco. 

Ya siendo mayores, de unos 30 años ambos, se cruzaban a menudo. Al fin y al cabo no era una ciudad demasiado grande seguramente con una población de unos pocos miles de habitantes. Y desde luego no como las ciudades actuales que tardas 1 hora en metro para ir de Congosto a Plaza de Castilla. Jacobo vio el bautismo de Jesús, y contaba que cuando Jesús se bautizó apareció una especie de Paloma y alguien que gritaba de lejos “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia”.

También vio Jacobo casi todos los mitines de Jesús, total, eran vecinos y cuando veía jaleo en la puerta de la casa él iba para allá a ver qué había. Un día acabaron tan tarde de escucharle hablar que se echó la hora de comer y allí no había nadie que tuviera nada. Jacobo era de buen comer y preguntó a muchísima gente y ahí nadie tenía. Pues al rato apareció uno de los que siempre iban con Jesús y le dio un pez y medio pan. Hubo una historia muy bonita sobre un campesino que estaba sembrando un poco a lo loco. Le pareció muy curiosa aunque no la entendió. No tuvo la oportunidad de que Jesús se la explicara. Aún así, Jacobo empezó a contarsela sus hijos a la hora de dormir. 

De las últimas veces que supo de Jesús, antes de que le mataran. Era el día de la cena de la Pascua. Jacobo llevaba un cántaro de agua a hacer un encargo, se cruzó con Pedro y Juan. Le acompañaron hasta la casa a la que iba, charlando y comentando los milagros y las cosas que veían. Y resultó que allí fue donde Jesús había preparado la cena de la pascua, su última cena.

Ya no volvió a saber más de Jesús hasta que un día vio un tumulto de gente y entre medias de todos a Jesús, lleno de sangre llevando un tronco de madera. Iban a cruzificarle. Estaba un poco en shock y no se atrevió a seguirle. Pero sí que vio cuando el cielo oscureció, sintió el terremoto. Y aunque él no lo vio sí que le contaron que había muertos por las calles andando como zombies. 

Jacobo no volvió a ver a Jesús, pero sí escuchó los cotilleos de que había resucitado. Después de todo lo que había visto, se lo creyó sin dudarlo un minuto. 

Definitivamente Jesús hizo historia, los apóstoles también. Pero Jacobo no. No escribió evangelios, ni cartas, ni libros proféticos. Jacobo, como tantos otros, forma parte de la historia interior que rodea la vida de Jesús, del día a día. De cuando no hay milagros, de cuando hay que lavar la ropa y salir a comprar verduras. De cuando hay que hacer algo tan insignificante como llevar un cántaro de agua a una casa por un encargo.

El Español es un idioma muy rico y muy versátil. A priori podemos pensar que no existe una palabra para definir o para referirse a los que no “hicieron historia”. Miguel de Unamuno fue poeta, ensayista, filósofo, polemista, novelista y finalista del Nobel de Literatura durante varios años. Para los que lo hayáis tenido que estudiar en la ESO y Bachillerato, le tendréis en la cabeza por pertenecer a la generación del 98. También otros le habréis conocido a través de un capítulo del ministerio del Tiempo. Quizás habréis oído hablar mucho de él últimamente por ser el personaje principal de la película “Mientras dure la guerra”. Unamuno definió la “Intrahistoria” como contrapunto a la historia. La comparaba a la historia oficial con los titulares de prensa, en oposición a la intrahistoria como todo aquello que ocurría pero no publicaban los periódicos. Más popularmente, los medios designan así a todo aquello que está a la sombra de lo más conocido históricamente.

La intrahistoria es el día a día. Lo que no es relevante para la hemeroteca. Que Juan Carlos I abandone España es parte de la historia. No es intrahistoria. En general todo lo que está pasando en el 2020 alguno de nuestros hijos tendrán que exponer en algún examen de historia. Que uno de nosotros de positivo en COVID19 es intrahistoria. Pero es importante para nosotros, y para Dios.

¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. 30 Pues aun vuestros cabellos están todos contados. 31 Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos.

Mateo 10:29-31

Jacobo formaba parte de la Intrahistoria. Un vecino de Jesús que simplemente un día le hicieron el encargo de llevar un cántaro a una casa. Bueno, Jacobo me lo he inventado, no sé cómo se llamaba el que llevaba ese cántaro. Por supuesto, Bryan tampoco, es una película de humor. Pero este hombre haciendo algo que antes he dicho que era insignificante, terminó siendo una vía indispensable para que Pedro y Juan pudieran preparar algo tan significativo como la Última Pascua que celebró Jesús. La santa cena. 

¿Y nosotros? Nosotros que no somos ni siquiera vecinos de Jesús, no fuimos testigos directos de su vida. Sin embargo Dios nos tiene fichados, nos conoce hasta lo más mínimo, y sabe cuando se nos caen los pelos de la cabeza. Los siguientes versículos de Mateo 10 dicen: 

32 A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. 33 Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.

Mateo 10: 32

¿Confiesas tú a Dios delante de los hombres? En ningún sitio de la Biblia pone delante de cuántos tienes que hacerlo. Puedes hacerlo delante de 1, de 2 o de 10 mil. Incluso puede darse el caso de que tu parte no sea hablar delante de nadie. Quizás tu tarea es coger un cántaro y llevarlo a un lugar. Y por no llevarlo tú, y muchas otras personas están perdiendo la bendición de Dios.

Estoy convencido que dentro de nuestra iglesia hay quien se considera intrahistoria: irrelevante, que no tiene nada que decir o aportar y que van pasando semana tras semana y la nada es lo que le rodea. Que es un vecino de Jesús que lo único que tiene que hacer es mirar. Estoy tan convencido de esto porque cuando vi el calendario de predicaciones es el mensaje que empezó a rondarme la cabeza y que creo que El Señor me dio para compartirlo. ¿Te consideras irrelevante dentro de la iglesia?

Dios no quiere que seas intrahistoria. Sabe cuántos pelos caen de tu cabeza y sabe lo que quiere que hagas. Todos tenemos algo que hacer en la obra de Dios. Todos tenemos una parte.

Solo tienes que preguntarle a él y preguntarte a ti mismo: 

¿Cuál es tu cántaro?