Nº 1311– 26 de Julio de 2009

A los religiosos, aunque se denominen cristianos, les irrita la gracia de Dios, su misericordia, su amor incondicional. Son los que ponen obstáculos y barreras a los pecadores para que no puedan acercarse al Señor. Sólo gozan de la esperanza del cielo mientras se relamen ante su doctrina del infierno dantesco. Hablan de un Dios que es amor, pero casi nadie les toma en serio porque se trasluce su visión de una deidad que devora a sus criaturas.

La misericordia de Dios, del Dios revelado en Jesús de Nazaret, no tiene más enemigo que el ojo malo, el ojo sucio, el ojo de muerte y desolación de quienes en el nombre de Dios han sido causantes de los mayores derramamientos de sangre en guerras de religión, persecuciones inmisericordes, hogueras inquisitoriales, caza de brujas y un larguísimo etcétera de monstruosidades sin parangón.

Quienes tienen el ojo malo, el ojo sucio, el alma ensombrecida, el corazón contaminado, no sólo son enemigos de la misericordia divina, de la gracia y del amor incondicional, sino que también son enemigos para con ellos mismos. Frente a la gracia sobre gracia, ellos viven condenación sobre condenación. La eternidad con Dios no les alegra el corazón, a menos que haya almas de amianto abrasándose sin posibilidad de un fin para tal tormento. Cuando les invitamos a considerar lo que el Señor nos dice en su Santa Palabra, se enfurecen:

«Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.» (Romanos 6:23). Quieren la vida eterna para ellos, pero no les parece suficiente la muerte eterna. Ellos prefieren mortificaciones sin meta y sin fin para los otros.

Si no borramos de nuestra vida la mentalidad de mercenarios, si esperamos la vida eterna como una recompensa por nuestros supuestos méritos, aunque con la boca chica lo neguemos, nos cerraremos una vez más a la posibilidad de asombrarnos ante la misericordia de Dios, como los obreros de la hora undécima, ante la generosidad del señor de los campos.

¿Vamos a vivir la moralina que sólo sirve para desvalorizar la gracia de Dios a los ojos de los que la necesitan tanto como nosotros? ¿Pensamos pasarnos la eternidad haciendo cuentas con Dios nuestro Señor? ¿Pensamos pasamos la eternidad contando nuestros supuestos méritos? ¿Nos atreve remos a corregirle las cuentas a Dios? ¿Acaso no nos hemos percatado de que el amor no calcula, sino que cubrirá multitud de peca-
dos?

Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.

 

 

Joaquín Yebra,