Nº 1312– 2 de Agosto de 2009

La Palabra de Dios es creadora. Dios ha creado el universo con su Palabra. Dios ofrece su salvación a los hombres mediante su Palabra, el Verbo que fue hecho carne y habitó, plantó su tienda de campaña, entre nosotros en la Persona de Cristo Jesús.

La Palabra de Dios contiene dentro de sí el germen de la vida. Esa es su inmensa diferencia respecto a la palabra humana. Cuando escuchamos las palabras de los hombres, procuramos recibirlas, asimilarlas, hacerlas nuestras e insertarlas en el tejido de nuestra mente y de nuestro conocimiento. Pero en el caso de la Palabra de Dios, el germen de vida en ella va más allá, por cuanto tiene poder para realizar la transformación de los corazones, de las vidas, y de todas las cosas.

Nuestra actitud respecto a la Palabra de Dios ha de ser la disponibilidad, la docilidad y la vigilancia. Basta con no oponerle recelos, resistencias ni reticencias de ninguna clase; con dejar que la Palabra encuentre sitio dentro de nosotros, poniendo a un lado nuestros prejuicios, nuestros esquemas de pensamiento que pueden ahogaría; basta con no protegernos de la Palabra de Dios por considerarla peligrosa, porque nuestro sentido común basado en nuestra propia prudencia puede hacernos rechazar su germen de vida nueva; con no encuadrarla en nuestros esquemas de pensamiento y juicio, donde puede quedar insertada y encuadrada hasta secarse; con no pretender adaptarla y acomodarla a nuestros esquemas heredados y aprendidos.

Por eso es que Jesús nos pide que seamos como niños, es decir, libres de categorías mentales arraigadas y hábitos adquiridos que no nos permiten aceptar la Palabra de Dios con plena disponibilidad, sin reservas de ninguna clase.

Por eso es que la Palabra de Dios es comparada a una espada de doble filo y una luz refulgente. Si pretendemos manipularla, nos cortaremos irremediablemente; si procuramos apagarla con papeles opacos y cristales ahumados, fracasaremos en el intento.

Por eso es que la Palabra de Dios es fuego que no admite que nosotros echemos sobre ella cubos con el agua de nuestro sentido común, de nuestra falsa prudencia, de nuestra cobardía y de nuestra increíble pereza.

La palabra de Dios hace que florezcan los desiertos, que broten aguas de las rocas, que la semilla del amor de Dios germine incluso en los corazones de mármol y los pedregales de este mundo cansado y triste.

Mucho amor y mucha Palaba de Dios. Joaquín Yebra, pastor.