Nº 1323– 18 de Octubre de 2009

Publicado por CC Eben-Ezer en

Nos apartamos del amor a Dios cuando permitimos que nuestro amor a las cosas temporales nos llene y ocupe todo nuestro ser y nuestro estar.

Absorbidos por nuestros propios placeres e intereses, por lícitos que nos parezcan, caemos en la negligencia y la tibieza en el amor al Señor.

Ocupados en extremo en nuestros intereses y objetivos dejamos de ocuparnos de las cosas de Dios e incluso de los hermanos que tenemos más cerca de nosotros.

De ahí se desprenden nuestros distanciamientos y separaciones, bajo los más peregrinos y engañosos pretextos.

Nuestra carnalidad demanda de nosotros dedicación y tiempo que le pertenece al Señor, y que sólo le dedicaremos gustosos y alegres cuando nuestro amor y gratitud a Dios superen a la llamada de la carne.

En las huellas de Jesucristo pronto descubrimos que Dios es la finalidad misma de nuestro amor, de manera que los otros amores deben de ser sólo vehículos para la vivencia de dicho amor, o pasos previos para llegar a él.

Como dijeron los sabios antiguos de Israel: “Pararse en el amor humano va en detrimento del amor de Dios y su conocimiento, ya que el amor humano es tan sólo el vehículo.”

De ahí se desprende también el sentido de la llamada del Señor a Abraham para que dejara su tierra y su parentela, y la invitación de nuestro Señor Jesucristo a dejar hacienda, hermanos y padres, mujer e hijos, para seguir el camino del Maestro, sin que ello signifique aborrecer absolutamente a los cercanos ni desatenderlos en nuestras responsabilidades, sino únicamente en la medida en que nos aparten del amor de Dios.

No temamos llamar “ídolos” a cuantos impedimentos y obstáculos –personas y cosas-  bloqueen nuestro camino en el seguimiento de Jesucristo en compañía de los hermanos con quienes formamos la familia de la fe, entre quienes logramos vencer muchos de nuestros egoísmos, y gracias a cuya vivencia comunitaria podemos estimularnos al amor y a las buenas obras.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.