Nº 1337– 24 de Enero de 2010

Publicado por CC Eben-Ezer en

Los humanos no inventamos el sentido de nuestra vida, sino que lo descubrimos. Por eso es que quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo.
Descubrir el sentido de la vida es la tarea fundamental de nuestra existencia.
De ahí que ser hombre, entiéndase varón y mujer, significa dirigirse hacia algo o alguien distinto de uno mismo.
Por eso es que cuanto más se afana el ser humano por alcanzar lo que solemos denominar nuestra realización, más se nos escapa de las manos.
Por el contrario, cuanto más se olvida el hombre, mujer y varón, de sí mismo, al entregarse a una causa o a una persona amada, más humanos nos volvemos y más logramos perfeccionar nuestras capacidades.
La llamada autorrealización no se logra a la manera de un fin, sino más bien como el fruto legítimo de la propia trascendencia.
Por eso es que el sufrimiento deja de serlo en cuanto encuentra un sentido. Entonces el sufrimiento se convierte en sacrificio.
Ahora bien, para que el sufrimiento confiera un sentido, ha de ser un sufrir inevitable y absolutamente necesario.
El sufrimiento evitable debe ser combatido con todos los remedios oportunos de que dispongamos.
El no hacerlo de ese modo sería síntoma de masoquismo, nunca de heroísmo.
El apóstol Pablo sabía que conocer a Jesucristo pasaba necesariamente por el sufrimiento, y por eso nos dice en Filipenses 3:10:
“A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a Él en su muerte.”
Mucho amor.
Joaquín Yebra, pastor.