Nº 1348– 11 de Abril de 2010

Publicado por CC Eben-Ezer en

La gratitud comienza con nuestra consideración de las obras de Dios. ¿Enseñamos a nuestros hijos a considerar las maravillas del Señor, comenzando por lo más próximo a nuestra vida?

Debemos enseñar a nuestros hijos a apreciar este Universo grande y precioso, a complacerse en las obras de Dios y celebrar las maravillas de la Creación… Las ondas del mar, el viento, la lluvia, la hierba, el sol, el silencio, el Universo en una grano de arena y todos los mares en una gota de agua, el firmamento en un charco, el cielo en una flor, retener el infinito en la palma de la mano y la eternidad en el giro de las manillas de un reloj.

Debemos enseñar a nuestros hijos respeto profundo y reverencia inmensa, gratitud constante y asombro genuino ante la presencia de la Creación y del Creador.

Debemos enseñarles que la Tierra ha sido confiada a la humanidad; que somos administradores y cuidadores, lugartenientes de Dios en este planeta.

Debemos enseñarles que hace falta un árbol de tamaño medio para fabricar veinte mil hojas de papel. Debemos enseñarles a nuestros hijos las palabras del jefe indio piel roja Seattle, de la tribu Suquamish, quien dio nombre a la ciudad de Seattle, la más populosa del  estado de Washington:

“Todas las cosas están relacionadas. Lo que suceda a la tierra, sucederá  a los hijos de la tierra. El hombre es sencillamente una hebra en el tejido de la vida. Lo que haga a sus hilos, se lo hace a sí mismo.”

Nosotros y la tierra en que vivimos nos hallamos interrelacionados. Somos interdependientes en el nivel más hondo. Existe una vinculación íntima entre la conducta humana y los favores o ausencia de los mismos que la tierra nos dispensa.

Debemos enseñar a nuestros hijos a valorar el esplendor de la creación humana, del arte, la belleza, y además, explicarles que la belleza radica en los ojos del espectador. Por lo tanto, la belleza del Universo se encuentra dentro de todos y cada uno de los seres humanos.

Vivimos para descubrir la belleza. Todo lo demás es una forma de espera.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.