Nº 1359– 27 de Junio de 2010

Publicado por CC Eben-Ezer en

No resulta popular afirmar que la vida cristiana sólo es posible cuando nos rendimos.

En un mundo sólo para vencedores, donde se estimula a la autorrealización personal a cualquier precio, va a ser difícil que las almas acepten esta enseñanza de la Palabra de Dios. Incluso vamos a encontrar rechazo o reticencia en medios supuestamente cristianos.

Sin embargo, la vida del discípulo de Jesucristo comienza con nuestra renuncia a nuestra autoconfianza. No podemos renunciar a nuestros pecados en nuestras propias fuerzas. Lo sabemos por experiencia, que nuestros propósitos de enmienda no han sido duraderos ni eficaces. Pero el milagro de esa renuncia se produce cuando nos entregamos en los brazos de Jesucristo. Entonces comprobamos que el abandono de nuestra vida de pecado es el resultado de esa entrega.

Los esfuerzos por abandonar nuestros pecados van a resultar baldíos y frustrantes, pero cuando buscamos a Dios con sinceridad de corazón, experimentamos las fuerzas para dejar el pecado, sentir nauseas ante él y anhelar la vida en santidad.

Es entonces cuando nos podemos desprender de la carga que nos agobia y caminar suavemente tras las pisadas del Maestro. La vida de victoria está en el seguimiento de Jesucristo.

¿Quién hace las obras buenas y dignas en aquel que camina tras Jesús?

“Porque Dios es el que en nosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” (Filipenses 2:13).

“Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos para toda buena obra para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.” (Hebreos 13:20-21).

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.