Nº 1393– 20 de Febrero de 2011

Publicado por CC Eben-Ezer en

La manera de obrar del Espíritu Santo en nuestras vidas produce bondad espontánea.

No tenemos que esforzarnos por hacer el bien, sino que éste brota de manera natural.

Cuando lo bueno es natural, del Espíritu Santo, es como el verde de los árboles o el azul del cielo, o la transparencia del agua, o el borde de plata de las más negras nubes.

Ninguno de éstos tiene que esforzarse por ser como es: Ni el árbol, ni el cielo, ni el agua, ni el borde de la nube.

Cuando la bondad es fruto del Espíritu Santo, tiene el aroma de todas las cosas que provienen de Dios.

Cuando la bondad es fruto del Santo Consolador, produce siempre un renacer, un volver a la vida, un nuevo latido, un aliento nuevo, un nuevo frescor; una flor que brota y nace y crece y se desarrolla para llenarlo todo de color y de aroma; y lo hace sin pedir nada a cambio.

Cuando la bondad es fruto del Espíritu Santo, nace dentro de nosotros, sin que sepamos cómo ha sido sembrada, ni cómo ha llegado a ser.

Cuando la bondad es fruto del Santo Espíritu de Dios, nos vuelve espejos de los demás y de nosotros mismos.

Cuando la bondad nace en nosotros, ya no tenemos miedos ni fobias de ninguna especie.

Ya no tenemos que jugar a hacernos duros, fríos, distantes e insensibles, en esos esfuerzos por defendernos de todos.

Ya no es menester escondernos y apartarnos de los demás subiendo a los más altos montes, por cuanto habremos descubierto que los montes más elevados están entre nuestro pecho y nuestra espalda.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.