Nº 1396– 13 de Marzo de 2011

Publicado por CC Eben-Ezer en

Cantamos, alabamos, oramos, intercedemos, enseñamos, predicamos, repartimos tratados, regalamos Biblias, compartimos ropa y comida, y todo ese es muy bueno.

Pero hay algo que escaseamos, y se trata de un elemento intangible, inmensurable, eternal, que nosotros no podemos fabricar, por cuanto es don, regalo, promesa, que sólo podemos alcanzar por la fe humilde y obediente a nuestro Señor.

¿De qué se trata? De lo que Jesús por su Espíritu impregna al alma de quien entra en su amistad: Es un aroma, un perfume, un sentir, un talante, un gesto, algo realmente indescriptible, pero que tú sabes cuando está presente y cuando no lo está.

Es un acercamiento a las personas que no se puede adquirir en libros ni en ritos, ni en cursos ni redomas.

Es una aproximación a las almas desde la sencillez de Jesucristo, simbolizada en su túnica sin doblez.

Es una caricia que se asemeja el lavacro de los pies de sus discípulos.

Es una manera de hablar que rompe las armaduras más espesas de los pechos de los hombres, nuestros hermanos.

Es una corriente que atraviesa los corazones sin causar heridas mortales.

Es la ausencia del juicio condenador, del reproche que para nada sirve.

Es la falta de naipes escondidos en las mangas; de dobles intenciones; de esa ausencia de interés por el hombre, que mueve a los religiosos a urdir tramas para ganara adeptos.

Es dejar a un lado la Ley en su dimensión técnica, reducida a frío aparato nomístico, para entrar en contacto con el corazón del otro, especialmente del herido por el pecado.

Urge recuperar lo perdido.

Mucho amor.

 Joaquín Yebra,  pastor.