Nº 1398– 27 de Marzo de 2011

Publicado por CC Eben-Ezer en

Después de más de cuarenta años de vida cristiana, cada día más enamorado de Jesús de Nazaret, a pesar de la religión organizada, he llegado a la conclusión, de que el alma es una capacidad que Dios nos ha otorgado a los humanos; un poder para hacerla, construirla, edificarla, engrandecerla o  reducirla, desarrollarla o destruirla.

Creo que el alma es una potencia llamada a existir, es decir, a manifestarse, a darse a conocer, a crecer. Por eso nunca ha sido vista, jamás ha sido contemplada. No puede ser medida, ni pesada, ni expuesta.

Por eso es que en el hebreo bíblico el “alma del hombre” sea “néfesh jayá”, es decir, “un ser que respira”; y para el griego neotestamentario sea “psije”, es decir, “mente”.

Todo lo que existe puede ser visto, observado y contemplado. De ahí que Jesucristo sea presentado en las Sagradas Escrituras como “imagen misma de la sustancia divina”; y que el propio Señor nos diga que “quien le ha visto a Él, ha visto al Padre.”

No existe la sonrisa, sino la capacidad de sonreír. No existe el amor, sino el poder amar. No existe el odio, sino la potencia de odiar. Tampoco existe la fe esencial fuera de Dios, sino que la “fe” que nos es donada es la capacidad para poder fiarnos de Dios con todo nuestro ser, y así aprender a esperar.

Cuando el pensamiento abstracto penetra e impregna el sentir del hombre, alcanzado hasta sus más recónditos pliegues, las realidades mismas se distancian y llegan casi a desparecer.

La edificación del “yo” y la construcción de la potencia del alma son una misma realidad y una misma necesidad.

Es tan inmenso el afán por tener tanto que hemos caído en la trampa de querer poseer un alma, olvidando que tu alma es tu “yo” más auténtico; que tu alma eres “tú”, y no sólo una representación o un ente conceptual heredado del paganismo mitológico más oscuro.

Mucho amor. 

Joaquín Yebra,  pastor.