Nº 1401– 17 de Abril de 2011

Publicado por CC Eben-Ezer en

El día comienza con un derroche de luz, de claridad, de transparencia.
Llamamos “dar a luz” al nacer de toda criatura humana…
Pero esa “luz” no es sólo la luz del día que se abre a la criatura nacida.
También es la luz que trae consigo el recién nacido, el que acaba de ser alumbrado, quien también es alumbrador.
Así es como podemos aproximarnos a la comprensión de que la luz y la inocencia caminan de la mano.
No deberíamos olvidar que todo alumbramiento es un acontecimiento mesiánico…
De ahí se desprende que nuestro Señor Jesucristo nos dijera que cuando recibimos a un pequeño en su Nombre, a Él recibimos.
Cada vida nos llega como un fragmento de la Vida Divina; como un rayo de amor y de esperanza, de inocencia y de luz.
Por eso no hay nada más parecido a algunas expresiones elementales del don de diversos géneros de lenguas, que el galimatías –no me avergüenzo en denominarlo con este vocablo, sino que hablo desde la experiencia- que los sonidos incoherentes para los adultos de los más pequeños, especialmente cuando no hay interferencias miméticas ni ambientales.
El día comienza con rapidez, con premura, pero su desarrollo dura muchas horas.
La tardanza del día en ponerse es una metáfora de nuestra vida en esta tierra.
La luz no tiene ninguna prisa en dejarnos ante la noche oscura.
Mucho amor y mucha luz para alumbrar.
Joaquín Yebra, pastor.