Nº 1408– 5 de Junio de 2011

Publicado por CC Eben-Ezer en

Antes que Abraham naciese, era Jesús en la forma de Verbo de Dios, uno con el Padre, en la unidad perfecta del Espíritu Santo: “En el principio era el Verbo (la Palabra de Dios), y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios… Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.” (Juan 1:1,14).
El Verbo de Dios, que es Dios, ya existía desde antes del principio. Cuando Dios creó el principio del tiempo, el Verbo Divino ya era, por cuanto antes del principio no había tiempo, sino eternidad, por lo que el Verbo siempre ha sido Dios. Es como una gota de agua de lluvia que cae en el océano, y que supiera que siempre había estado en él, pues del mar ascendió por la acción térmica del sol hasta formar las nubes, de donde descendió después a la tierra, para formar acuíferos, arroyos, ríos, mares, océanos, y vuelta a empezar. Pero, al ciclo del agua no se le ha añadido una sola nueva gota desde su constitución. De manera que el agua que bebemos hoy los humanos es la misma que satisfizo la sed de los dinosaurios.
Jesús, venciendo a la muerte, y ascendiendo glorioso al seno del Padre, de donde vino para estar con nosotros, como uno de nosotros, y dar su vida por nosotros, ya no es el hijo de María y José, ni el joven que se queda retrasado de su familia en Jerusalem discutiendo con los doctores de la Ley; ni es el hijo del carpintero del pueblo. Ahora es la trascendencia del Verbo que fue antes de la encarnación. Pero sin abandonar su encarnación, su identidad con los hombres, sus hermanos; sino que ha sido cubierta su humanidad con divinidad, como en la tierra fuera cubierta su divinidad con el velo de la carne.
Sólo Jesús, hecho Señor y Mesías, podía entrar en la presencia del Padre, siendo uno con Él, sin haber dejado esa humanidad que adquirió por amor a nosotros, para presentarse ahora sin contaminación de pecado como nuestro representante, en su dignidad de Sumo Sacerdote del orden de Melquisedec, para ser Él mismo la ofrenda perfecta y eterna a favor de sus hermanos menores, intercediendo eternamente por nosotros como Redentor y Salvador perpetuo.
¡Qué gozo, satisfacción y seguridad saber que en Cristo Jesús estamos ante el Padre Eterno!
Mucho amor.
Joaquín Yebra, pastor.