Nº 1409– 12 de Junio de 2011

Publicado por CC Eben-Ezer en

Cuando decimos, conforme nos enseñan las Sagradas Escrituras, que Jesús es el Hijo de Dios, y también el Hijo del Hombre, muchos han creído ver en estas expresiones dos grandes contradicciones. Sin embargo, nada más lejos de la realidad de la revelación bíblica. Esta contradicción aparente solamente existe, como en tantos otros casos, dentro de nuestro limitado pensamiento.
Con extraordinaria sabiduría, sin duda movidos por el Espíritu Santo, los primeros cristianos declararon que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre. Un solo ser con dos naturalezas: Divina y Humana.
Jesucristo es el puente entre Dios y el Hombre, y, por consiguiente, también lo es entre el Hombre y Dios.
Él es el puente entre el tiempo y la eternidad; entre lo visible y lo invisible; entre el cuerpo y el alma y el espíritu.
Jesucristo es el Hombre Jesús y el Cristo, es decir, el Mesías de Israel y Deseado de todas las naciones.
Jesucristo es el Verbo, que es Dios, y que viene a habitar entre nosotros en un tabernáculo, una tienda de campaña, una vivienda temporal, de carne y hueso.
Jesucristo es el Hombre de carne como la tuya y la mía, y el Emmanuel de Dios, el Eterno-con-nosotros, como un río que fluye entre dos orillas.
Y a pesar del mucho dolor y sufrimiento que le procuramos en esta orilla, Él se sintió bien entre nosotros por el inmenso amor de su corazón hacia los suyos, por cuanto el amor todo lo sufre.
Después de resucitar de entre los muertos, se quedó cuarenta días enseñando acerca del Reino de Dios por el Espíritu Santo, sin prisa, como apurando el tiempo en sus últimos instantes entre nosotros en carne humana.
No hay contradicción entre el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre. Sólo hay un amor inmenso, porque Dios es amor.
Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.