Nº 1411– 26 de Junio de 2011

Publicado por CC Eben-Ezer en

¿Cómo ha podido el Verbo de Dios, uno con el Padre, encarnarse en el vientre de la doncellita Myriam, latinizada “María”?
¿Cómo ha podido el Creador del Universo venir hasta nosotros en semejante pequeñez?
¿Cómo puede el Infinito hacer acto de presencia en un cuerpo humano, por naturaleza “finito”?
¿Cómo puede lo eterno penetrar en el tiempo y el espacio de nuestra historia?
Sólo hay una respuesta, aunque no satisfaga a muchos objetores. Esa respuesta se halla en las palabras del mensajero de Dios a nuestra amada hermana María de Nazaret, y en su respuesta de fe, cuando fue informada que había sido escogida por el Altísimo para ser la mamá del Mesías.
Naturalmente, al no estar todavía casada con José, exclamó que aquello no podía ser, por cuanto “no conocía varón”. Pero cuando el ángel de Dios le afirmó que “nada es imposible para Dios”, ella no dudó un instante, y exclamó:
“He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.” (Lucas 1:38).
Los humanos creemos que nuestros problemas radican en nuestra pequeñez, pero para Dios no hay obstáculo ni dificultad en lo pequeño, en lo minúsculo.
Hay muchos más impedimentos en nuestras aparentes grandezas que en la sencillez de lo pequeño. Es nuestro “hombre fuerte” el que se levanta contra los designios de Dios para nuestra vida.
Por eso ha de bastarnos la gracia divina, porque el poder del Eterno se magnifica en medio de nuestras limitaciones y debilidades. Si sabemos que nada es imposible para Dios, digamos como María: “He aquí tu siervo; hágase conmigo conforme a tu Palabra.”
Mucho amor.
Joaquín Yebra, pastor.