Nº 1417 – 7 de Agosto de 2011

Publicado por CC Eben-Ezer en

Nuestras medicinas están hechas de venenos que en su justa medida y proporción, y adecuados a diversas situaciones de nuestro organismo, producen reacciones que no solamente no matan, sino que pueden aliviar o curar muchas de nuestras enfermedades y dolencias.
En las sabias manos de los médicos, esos venenos se convierten en medicamentos, del mismo modo que las drogas que perturban la mente y llegan a matar, son empleadas en la medicina para mitigar dolores.
Sin embargo, la manera en que Dios sana, en su soberanía, no es mediante medicinas, sino mediante salud, y el agente de dicha salubridad es su Santo Espíritu.
“Salud”, “sanidad” y “salvación” son términos prácticamente intercambiables en las Sagradas Escrituras. Por eso es que todas las leyes, mandamientos, estatutos y preceptos que nuestro Señor nos da en su Santa Palabra, van dirigidos al bienestar de todo nuestro ser: Espíritu, alma y cuerpo.
De ahí que cuando el corazón del hombre enferma, también lo hace la tierra, de la que el hombre está formado.
Cuando nuestro espíritu está enfermo, alejado de Dios, nuestra alma, nuestra mente, igualmente se deteriora.
Y la mente enferma se traduce naturalmente en un cuerpo debilitado y susceptible de experimentar toda enfermedad.
Por eso es fundamental evitar que el enojo supere a la puesta del sol de cada día…
Es absolutamente imprescindible que nos deshagamos del resentimiento que degenerará en odios asesinos.
Es urgente vivir la dicha del perdón mediante la práctica de la confesión de nuestros pecados y ofensas.
Y sobre todo, la práctica del amor que cubre y cubrirá multitud de pecados, y nunca dejará de ser, por cuanto Dios es amor.
Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.