Nº 1418 – 14 de Agosto de 2011

Publicado por CC Eben-Ezer en

Sin Dios, el hombre es un templo vacío, abandonado, desierto, cubierto de maleza y refugio de alimañas.
Sin Dios, el hombre es un ente a la deriva, como un pedazo de roca desprendida de un cuerpo estelar, y errante por el espacio sideral.
Sin Dios, el hombre es un sinsentido y un despropósito que avanza dando palos al aire, en busca de sí mismo y de un sentido para vivir.
Sin Dios, el hombre solamente es humano de palabra, capaz de escribir todos los tratados de ética y moral imaginables, pero víctima de su propio frenesí incontrolable.
Sin Dios, el hombre se halla carente de la cualidad fundamental que le convierte realmente en ser humano.
Sin Dios, el hombre no encuentra razones para celebrar su propia vida.
Sin Dios, la religión es fría filosofía que no puede llegar a satisfacer al hombre.
Sin Dios, el alma del hombre es un terreno en el que todavía no se ha realizado la siembra de la buena simiente.
Sin Dios, nada, absolutamente nada tiene sentido para el corazón del hombre.
Por eso es que todos los absolutismos pretenden prescindir de Dios y del Evangelio, por cuanto sus revoluciones dejan de ser lo máximo y supremo ante la realidad del poder transformador del amor divino.
Los sistemas que procuran el ateísmo demuestran su miedo ante la profundidad del cambio de corazón que posee el Evangelio de Jesucristo.
Sin Dios, nuestra sociedad se quiebra y rompe en mil pedazos, como los matrimonios y las familias.
Mucho amor.
Joaquín Yebra, pastor.