Nº 1426 – 9 de Octubre de 2011

Publicado por CC Eben-Ezer en

La hipocresía religiosa es la pretensión de cubrir nuestra desnudez con ropas y atuendos teatrales; disfraces grotescos con los que pretendemos presentarnos frente a Dios y ante nuestros hermanos los hombres.

A menos que estemos “desnudos”,  seremos unos falsos, unos actores, unos hipócritas, unas máscaras carnavalescas y desvergonzadas de la peor calaña.

Nuestros disfraces pertenecerán al carnaval, es decir, al “festival de la carne”, por lo que no podrán resistir la mirada de nuestro Señor bendito.

Nada podemos ocultar a los ojos de nuestro Dios. De manera que el Señor sólo puede ser hallado desde nuestras desnudez. Y Él sólo está interesado en esa desnuda realidad de nuestra vida, de nuestra existencia, de nuestro ser más hondo.

El Espíritu Santo, quien es Dios, no repara en nuestra vestimenta, ni física ni espiritual, sino en nuestra desnuda personalidad. A Él no le asusta nuestro desnudo, sino que lo que le desagrada es nuestra apariencia, nuestro ropaje, nuestro disfraz.

Cuando abandonamos nuestros secretos, la comunión con Dios es posible.

Cuando nos desprendemos de las máscaras y las caretas, dejamos de ser falsos y “pseudos” en todas las cosas, para entrar en diálogo con Dios, dejándonos atravesar por su Palabra.

Cuando no tapamos con cera las grietas y fisuras de nuestro ser, entramos en la “sinceridad” que agrada a Dios, y a nosotros tanto nos conviene. Como dijeron los sabios antiguos: Ante Dios no podemos presentarnos con perfumes y sabores mezclados, sino con el aroma de nuestro ser desnudo, sencillo y auténtico, por cuanto Dios ama la realidad de nuestra vida, tal como somos, porque Dios es bueno y misericordioso, como nos lo ha demostrado en el sacrificio de Jesucristo por nuestro pecado.

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.