Nº 1447 – 18 de Marzo de 2012

Publicado por CC Eben-Ezer en

La teología de la dominación sólo pretende una cosa: Dominar. Y las iglesias que siguen esa ruta, como es natural, sólo aspiran a lo mismo. Vemos sus esfuerzos por abrirse camino, aunque sea a codazos, en medio de la vorágine de la sociedad, procurándose un lugar en ella, a ser posible el mismo alcanzado por la que ha mantenido su status de oficialidad, y después, al igual que todos los demás poderes fácticos, ha procurado mantener sus privilegios lo más encubiertamente posible.

Puede que haya habido y siga habiendo quienes han creído que desde las posiciones de poder se puede llegar a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”. Sin embargo, estamos convencidos que los más han sido buscadores de triunfalismo, beneficios, honores y prebendas a cualquier precio.

La confusión de la iglesia con el Reino de Dios, tan extendida hasta el día de hoy, sigue siendo el principal obstáculo para que se cumplan las palabras de Jesús respecto a la esencia de la cristiandad: Ser “sal” y “luz”, ambas llamadas a abandonar su contenedor, alejarse de su fuente, para expandirse, para darse a conocer, para sazonar e iluminar a otros.

Por el contrario, la historia de la iglesia –quizá sería más preciso referirnos a la historia de las iglesias- nos muestra inequívocamente una constante lucha por el poder secular, por la dominación mediante el afán por el lucro; la ostentación triunfalista, al estilo de los césares de la antigua Roma; el bloqueo al desarrollo de los pueblos, por parte de los clérigos atemorizados ante las corrientes niveladoras de los hombres.

Necesitamos reconocer urgentemente que mostramos signos y rasgos de ser sal desvirtuada y luz oculta debajo del almud. Para esto sólo se necesita asumir que la sal tiene el propósito de hacer más apetitosos los alimentos desabridos y preservarles de la corrupción; y ser veraces y sinceros, sabiendo que no hay posibilidad alguna de prosperidad para quien oculta su pecado o trata de encubrir su culpa. Y nosotros deberíamos saber eso al dedillo.

Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.