Nº 1449 – 1 de Abril de 2012

Publicado por CC Eben-Ezer en

Cuenta la leyenda que un día un afamado profesor visitó a un sabio japonés para que le comunicara los conocimientos precisos para que su sabiduría aumentara. El sabio invitó al profesor a la ceremonia del té. Colmó la taza de su huésped, y entonces, en lugar de detenerse, siguió vertiendo té sobre ella con toda naturalidad. El profesor contemplaba absorto la escena, hasta que al fin no pudo contenerse más, y exclamó: “¡Ya está llena hasta los bordes! ¡No siga más!” Entonces el sabio dijo: “Como esta taza estás tú, lleno de tus propias opiniones y atrapado por tus propias especulaciones… ¿Cómo podría yo enseñarte algo si no vaciaras primeramente tu taza?”

Hay demasiada ostentación de pseudointelectualidad en muchos círculos cristianos de nuestros días. Y ese es el primer estorbo para la auténtica sabiduría que desciende de lo alto. Falta desapego al “yo” y devoción a la verdad. Como dijeron los sabios antiguos, “si eres verdaderamente sabio, no tienes  que vivir obsesionado con ser ‘bueno’ o ‘generoso’, por cuanto tanto la bondad como la generosidad dimanan de la auténtica sabiduría, cuya primera virtud es la humildad.”

El hombre bondadoso es aquel que trata a los demás hombres como a él le gustaría ser tratado.

El hombre generoso es aquel que trata a los demás hombres mejor de lo que él espera ser tratado.

El hombre sabio es aquel que sabe cómo él y los demás hombres deberían ser tratados.

El primero es una gran influencia civilizadora; el segundo, es una gran influencia de refinamiento y difusión; el tercero, es influencia de crecimiento superior. Todos deberíamos desarrollarnos pasando por cada una de estas tres fases de crecimiento espiritual.

Por eso es que si alguien preguntara qué es mejor, ser bondadoso, generoso o sabio, tendríamos que responder que si somos verdaderamente sabios no tendremos que preocuparnos por ser bondadosos ni generosos, por cuanto estaríamos obligados moralmente a hacer lo necesario.

Necesitamos la sabiduría de nuestro Señor. Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.