Nº 1451 – 15 de Abril de 2012

Publicado por CC Eben-Ezer en

Decía Anthony de Mello que “un santo es un santo hasta que sabe que lo es.”

Nos sobra orgullo en nuestros círculos cristianos. En realidad, el orgullo sobra en todas partes, sólo que en algunas se nota mucho más.

Cuando presumimos de ser cristianos o de sostener la sana doctrina perdemos autenticidad, como ocurre con la belleza, que puede seguir siéndolo sólo gracias a que no es consciente de sí misma.

Por eso se dice que la rosa florece porque florece. Esa es su única razón. No hay otra. De modo que no merece el esfuerzo de buscarse porque no existe.

Tampoco se pregunta así misma por qué florece. Ni se jacta de nada para atraer la mirada de las demás flores, ni nuestra admiración de humanos.

Quizá por eso es que los cristianos hemos perdido la capacidad y el placer terapéutico de la meditación en silencio. Y en el caso de nuestra manera de adorar a Dios, ya hemos cruzado la “barrera del sonido”. Nuestra supuesta alabanza ha llegado en algunos casos a ser tan estridente que hemos dejado el sonido atrás.

Se relata un cuento oriental en el que los ruidosos visitantes al monasterio causaban un alboroto que rompía el silencio y la paz de los monjes. Aquello era muy molesto para todos ellos, no así para el superior de la orden, quien permanecía inalterable en medio del barullo de las visitas, como si nada ocurriera a su alrededor.

Un día, cuando los discípulos se presentaron ante él para quejarse, les dijo: “El silencio no es la ausencia de ruido, sino la ausencia del ‘ego’.”

Como dice la antigua oración sufí: “Hazme lo que es digno de ti, y no lo que es digno de mí.”

Mucho amor.

Joaquín Yebra, pastor.