Nº 1452 – 22 de Abril de 2012

Publicado por CC Eben-Ezer en

Dice un antiguo proverbio que “cuando lances la flecha de la verdad, moja la punta en la miel.”

Parece que esa muy la práctica de nuestro Maestro Jesús de Nazaret.

Nunca tuvo palabras agrias para ninguno de sus interlocutores, ni siquiera cuando su mensaje fue afilado y penetrante. Y, sin duda, hubo ocasiones en que lo fue.

Jamás apartó a nadie de su lado, sino que antes bien vio con tristeza cómo algunos se apartaban de Él, le daban la espalda y se escandalizaban de su doctrina.

¿Por qué? Porque el perdón escandaliza. Y muchísimo más la renuncia a la venganza y el amor a los enemigos. La prueba la tenemos en el hecho constatable de que esas doctrinas fundamentales de Jesucristo no figuran en ninguna declaración de fe cristiana.

Ken Wilber responde a la pregunta sobre dónde radica nuestra desdicha, y por qué nos sentimos desgraciados, asegurando que “porque el 99,9 por ciento de todo cuanto pensamos y de todo cuanto hacemos es para nuestro ‘yo’… y ahí no hay nadie.”

No hay nadie en nuestro ‘yo’ cuando sólo pensamos en nosotros mismos; cuando estamos centrados en nuestro ombligo; cuando no vemos el agua de la charca en la que querríamos beber, porque nos apartamos horrorizados al ver nuestro propio rostro reflejado en la superficie del agua, y creemos que es nuestro enemigo que nos impide acceder y satisfacer nuestra sed.

Dice un cuento antiquísimo del oriente más lejano de nosotros que un día un discípulo se acercó a su maestro y le hizo esta pregunta: “Maestro, ¿qué es mi ‘yo’?” Y el maestro le respondió: “Para qué quieres un ‘yo’?”

¿Vamos a buscar miel de nuestro Maestro para untar la punta de nuestras flechas?

Vamos a encontrarnos a nosotros mismos amando a los otros.

Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.