Nº 1509 – 26 de Mayo de 2013

Publicado por CC Eben-Ezer en

Dice un viejo refrán de la lengua inglesa que “el hogar de un inglés es su castillo”. Probablemente este dicho pueda aplicarse a cualquier hombre de cualquier tierra. Pero es igualmente cierto que a veces el hogar es un lugar en el que nos podemos sentir inseguros, muy expuestos y vulnerables.

“Home is the most important place in the World”, “El hogar es el lugar más importante del mundo”: Así reza el lema de IKEA en los países del lengua inglesa. Nada es mejor que nuestro hogar; pero nada puede ser peor cuando la ausencia de Dios, quien es amor y perdón, ha dejado espacios vacíos que pronto vienen a llenar otros espíritus.

Cuando todas las cosas van bien, efectivamente el hogar puede ser un castillo seguro e inexpugnable. Abrimos la puerta y sentimos el ambiente cálido, los aromas familiares, dejamos la impedimenta en el suelo y avanzamos hacia nuestro salón o la cocina.

Pero infortunadamente, muchos son los que temen llegar a sus hogares, donde van a encontrar trepidación, tensiones insufribles y una atmósfera de gran hostilidad. Nuestras relaciones familiares y hogareñas pueden elevarnos a las mayores alturas, pero también pueden hacernos descender a las más oscuras mazmorras. Esta ambivalencia es una realidad incuestionable.

Hay un lugar donde hallar la Presencia de Aquél que quiere y puede transformar todas las complejidades de la vida. Es la oración. No puede siempre cambiar las circunstancias ni arreglar todos los problemas, pero puede cambiarnos a nosotros y el contexto emocional de nuestras relaciones.

La oración abre la puerta que permite la entrada de Dios en nuestras vidas. Es la que abre el acceso al Santo Espíritu de Dios para que el endurecido suelo de nuestras confusiones sea ablandado, y el Santo Consolador pueda permear nuestro corazón de piedra, dentro del cual siempre late un corazón de carne.

Mucho amor y mucha oración.  Joaquín Yebra,  pastor.