Nº 1525– 15 de Septiembre de 2013

Publicado por CC Eben-Ezer en

Parece haber dos clases de tacaños, roñosos, devotos de “san ‘puño en rostro’ y de san ‘para mí’, que los santos no comen”: El que amontona dinero por el placer de acariciarlo, y el que los castizos conocemos como “más agarrado que un chotis”. El que somete a racionamiento de postguerra a cuantos tienen el infortunio de vivir dentro de su ámbito, para disfrutar de su bien él solito. Si hay alguna clase más, no lo recuerdo.

Ninguno de éstos sabe que cuando le toque cantar el “adiós a la vida”, no podrá llevarse consigo, en términos materiales, nada más que lo que trajo al mundo cuando su madre le parió. Entonces será equiparado a todos cuantos vivieron como pobres y murieron como ricos. En la triste clase de vida seguida por los pertenecientes a estas dos clases de tacaños, no se les suele iluminar la bombilla para percatarse de la torpeza de sus pasos.  Por eso es que escasos son quienes despiertan a la realidad que se oculta tras el caleidoscopio de las apariencias, reconocen su desnudez y se reencuentran con la sencillez apacible de su propio rostro:

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó… y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adam, el día en que fueron creados.” (Génesis 1:26-27; 5:2).

Cuando sabemos que hemos sido reconciliados con Dios por el sacrificio expiatorio de Cristo Jesús, y eso nos ha constituido en agentes de reconciliación con todos, comprendidos nosotros mismos, ya no podemos dejarnos arrastrar por el espíritu que convierte a tantos humanos en tacaños, roñosos, cicateros, avaros, estrechos, mezquinos, ruines y miserables. Entre ellos estábamos nosotros antes de experimentar un encuentro transformador con el más generoso del Universo: El que nos amó de tal manera que dio a su Hijo por nosotros, para que no perezcamos, sino que gocemos de vida eterna.

Mucho amor y mucha generosidad.  Joaquín Yebra,  pastor.