Nº 1544– 2 de Febrero de 2014

Publicado por CC Eben-Ezer en

Hay quienes se dedican a su labor con tal dedicación como si aquel menester hubiera de durar para siempre.

La obra tal puede ser buena y beneficiosa, mas nuestro quehacer y su labor no durarán para siempre. La eternidad sólo le pertenece a Dios nuestro Señor.

¡Qué distintas son las cosas cuando nuestra dedicación a la labor no se realiza pensando en que durará para siempre, sino haciendo nuestro cometido como para nuestro Señor! Así es como la labor menos ostentosa adquiere el valor supremo de Aquél para quien la llevamos a cabo.

Decía Agustín de Hipona (354-430 d.C.): “Haced todas las cosas como si fueran los actos más importantes del mundo, pero también como si fuéramos a morir en el siguiente minuto.”

Cada uno de nosotros, como discípulos de Jesús de Nazaret, precisamos incorporar esta sencilla perspectiva a nuestro ser y a nuestro hacer.

Nuestras vidas son importantes porque nuestro Señor nos ha llamado a hacer una parte del trabajo de Dios en este mundo, cualesquiera sea la labor que se nos haya encomendado.

Y al mismo tiempo, nuestro corazón ha de estar ligero de equipaje. Es la única forma de hacer el viaje de la vida con comodidad, sin pesada impedimenta.

La consideración de la temporalidad de la vida siempre actuará como un preventivo frente al peligro de caer en el activismo, en la angustia por los afanes y en el amor al dinero.

La ponderación de la brevedad de nuestras vidas siempre ha servido para abrir y mostrar el significado del momento presente.

Si estamos tan ocupados que no tenemos posibilidad de hacer tiempo para Dios y para nuestro hermano necesitado, es que verdaderamente estamos demasiado ocupados.

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.