Nº 1562– 8 de Junio de 2014

Publicado por CC Eben-Ezer en

La gran tragedia de la vida no radica en una oración sin respuesta, sino en una oración no ofrecida.

La verdadera oración no pide ninguna cosa a Dios por encima de conocer su voluntad, por cuanto el principal objetivo de la oración es infundirnos la necesidad mayor de todas, la auténticamente infinita, es decir, la necesidad de Dios mismo.

Nuestras peticiones en la oración han de ser, efectivamente, “peticiones”, no “coacciones”. Una petición puede ser otorgada o no serlo. Dios es Soberano.

La frustración en la oración se debe a que muchos al orar hablan a Dios, pero no con Él. Hacer monólogos no es orar con Dios. Casi nunca le escuchan o lo hacen vagamente.

La pauta en la oración radica en abrir el corazón de par en par y escuchar a Dios. A Él le encanta oír nuestra voz, pero todavía más latir al unísono con nuestros corazones y hablarnos.

Por eso es que cuando abrimos nuestros corazones ante la presencia de Dios, lo primero que Él nos invita a desechar de nuestra vida es el resentimiento, el rencor y la falta de perdón, por cuanto esos son los auténticos obstáculos a la oración genuina.

En toda la Biblia podremos comprobar que las oraciones que llegaron hasta el Trono de Dios fueron las pronunciadas por gente sencilla y llana. Y es que Dios muestra una clara preferencia por las personas “comunes” por encima de las tenidas por oficialmente “buenas”, por mucho que esto escandalice.

Es al corazón contrito y humillado al que Dios escucha, no a quienes pretenden presentarse ante Él con orgullos, vanidades y supuestas obras meritorias.

La Gracia de Dios es para los humildes. Y a ellos escucha el Señor.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.