Nº 1592– 4 de Enero de 2015

Publicado por CC Eben-Ezer en

Comenzar un año nuevo es todo un reto. Podría ser una magnífica oportunidad para considerar seriamente que el verdadero amor es humilde y no ambiciona el primer puesto.

El amor auténtico es dadivoso, se goza en compartir, anhela tener para repartir, porque se goza con la alegría de los otros. El amor no piensa mal. Le repugna ese refrán tan de por estas tierras que dice “Piensa mal y acertarás”.

El amor disculpa a los demás porque les ama; no interpreta retorcidamente, ni escudriña según intenciones malévolas. El amor genuino tiene manos ágiles y pies raudos para acudir en ayuda de los demás.

El amor auténtico es tierno y maternal, y quien lo vive no se siente mal por ello, aunque sea varón, por cuanto no considera inferior a la mujer.

El amor llora si el otro llora; ríe si el otro ríe, se goza con el gozo de los otros, porque no padece de envidia. Por eso nunca echa la zancadilla, ni engaña, ni arruina a nadie, porque jamás abusa de la fuerza.

El amor es universal, como las flores y la música y el viento y la lluvia y los rayos del Sol. El amor no es medroso, sino valiente y entregado, se arriesga porque no temer perderse.

El amor está dentro del corazón, donde vibra y arde, y paradójicamente, también es como el agua que yace soterrada en el valle, pero cuya presencia se hace sentir en la floración.

El amor no es amor verdadero mientras no nace del propio amor, por lo que incluso haciendo las mejores obras, si no rige el amor, éstas no son nada.

No hay mejor retrato del amor que Jesús de Nazaret, el Cristo de Dios, mil veces ofendido, y mil veces vuelve a perdonar. Presenta su frente al beso del traidor, le extiende los brazos para que a ellos se acoja. Escarnecido intercede por sus asesinos, y lo hace porque es el Hermano Mayor que viene a rescatar a sus hermanos menores, atrapados en la esclavitud del pecado.

¡Mucho amor!  Joaquín Yebra,  pastor.