Nº 1598– 15 de Febrero de 2015

Publicado por CC Eben-Ezer en

La envidia no es sólo falta de amor, es tristeza ante el bien del prójimo, e incluso alegría por su mal.

La envidia acaba con la gratitud y aumenta el enojo ante la generosidad.

La envidia llega a convertirse en odio hacia los serviciales y cariñosos.

La envidia vive la intriga, prepara la trampa, urde el enredo, organiza emboscadas y espía a sus víctimas.

Así fue tratado nuestro bendito Señor, Salvador y Maestro por muchos de los religiosos de sus días.

El envidioso besa como Judas, busca la gloria como Caifás, trata de complacer a su auditorio como Pilato…

Pero avanza como el escorpión, con el aguijón siempre levantado, aguardando el momento oportuno para inyectar su veneno.

Aquellos envidiosos que procuraron la destrucción de Jesús de Nazaret fueron todos ellos hombres de apariencia piadosa, pero bajo sus vestiduras se escondían fobias miserables y bajezas enconadas, delaciones cobardes, chismorreos viles y trampas embozadas.

La envidia es lo más contrario al Reino de Dios y de Cristo. Por eso es que el Apóstol Pablo afirma que el amor no es envidioso, sino que se goza con el que se goza, y llora con el que llora.

Juan el Bautista nos asegura que es necesario que Jesucristo crezca y que él mengüe.

La envidia, sin embargo, siempre murmura: “que todos mengüen para que yo sobresalga.”

Podemos estar seguros de que quien está vacío de amor, se llenará de envidia.

Mucho amor. Joaquín Yebra,  pastor.