Nº 1610– 10 de Mayo de 2015

Publicado por CC Eben-Ezer en

Cuando nos percatamos en profundidad de que todos los seres humanos somos uno y una sola familia, entonces alcanzamos un entendimiento mucho más hondo de las raíces del sufrimiento.

En realidad más que “raíces” deberíamos decir “raíz”, pues el sufrimiento humano y todas las penurias de los hombres proceden de una única y sola fuente: El pecado, todo lo que nos separa de Dios; mientras la religión organizada, para que no logramos verlo, se centrará en la profundidad de los escotes y el largo de las faldas, o el modelito de traje de baño, o la duración de los besos en las pantallas, en base a lo cual clasificarán las películas. Mientras tanto, el sufrimiento humano continuará extendiéndose en el mar de ignorancia y confusión gestado por quienes aspiran a conservar y aumentar su poder sobre los débiles, marginados y empobrecidos.

Las distancias abismales entre los hombres nos llegarán a parecer naturales y por tanto tolerables, para lo cual nos instarán a sostener los mitos ancestrales más los modernos. Incluso algunos estarán dispuestos a dar su vida por su continuidad. Y no sólo a darla, sino a quitarla a quienes se les opongan. Vistas las cosas así, podemos contemplar a nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo como un mártir del viejo tinglado de la antigua farsa.

En el supermercado, en el autobús, en la escuela, en el ascensor, caminando por la calle, miro a los ojos de las personas, dirijo mi mirada también a sus zapatos, y cuando tengo ocasión también lo hago a sus manos, y me doy cuenta de que somos una familia de desconocidos, separados, distantes, porque hay poderes que no quieren que hagamos este descubrimiento.

En Jesús de Nazaret he podido aprender, y seguir haciéndolo, que en nuestras esperanzas y en nuestros temores, en los placeres y las penas, estamos profundamente hermanados. Y que la sangre de Cristo nos llama a la reconciliación con Dios, con los demás, y con nosotros mismos.

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.